En México usamos “populista” con demasiada facilidad. Se aplica al político que promete de más, al que miente, al que reparte apoyos, al que polariza o al que habla en nombre de “la gente”. Esa costumbre confunde fenómenos distintos y, de paso, empobrece la discusión pública.
Para Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, el populismo no se define por mentir ni por ofrecer soluciones fáciles. Es, ante todo, una lógica de construcción política: distintas demandas sociales, inicialmente separadas, pueden articularse hasta formar una identidad colectiva —“el pueblo”— frente a un poder, una élite o un adversario al que se responsabiliza de impedir su satisfacción.
El populismo, desde esta perspectiva, no es necesariamente una ideología completa ni un insulto: es una manera de organizar políticamente el conflicto.
La demagogia es otra cosa. Tiene que ver con cómo se busca persuadir. Aparece cuando un político sustituye argumentos por emociones, exagera un problema, presenta medias verdades, oculta costos, promete resultados sin explicar cómo alcanzarlos o convierte una correlación en una supuesta causa. Puede haber demagogia sin populismo y viceversa.
La diferencia es útil para leer la política mexicana. Si un candidato afirma que resolverá la inseguridad “de inmediato” sin presupuesto, estrategia, atribuciones ni plazos verificables, estamos ante una práctica demagógica. Si además articula distintas inconformidades bajo una identidad común —“el pueblo”— enfrentada a un bloque de poder señalado como responsable, entonces aparece una lógica populista.
El problema se agrava cuando ambas prácticas se combinan. El discurso puede construir un “nosotros” legítimo frente a un “ellos” culpable y, al mismo tiempo, nutrirse de cifras aisladas, exageraciones o afirmaciones que suenan creíbles porque coinciden con prejuicios previos. Ahí nacen muchas de las mentiras verosímiles de la política: no necesitan ser absurdas; basta con que sean emocionalmente satisfactorias.
Por eso conviene hacer preguntas simples. ¿El dato está completo? ¿La promesa tiene recursos y facultades? ¿La explicación reconoce otras causas? ¿El adversario es criticado por hechos concretos o convertido en culpable universal? ¿Se intenta convencer o impedir que el público examine?
Llamar populismo a toda mentira es impreciso. Llamar demagogia a toda apelación al pueblo también lo es.
Una democracia necesita conflicto, identidades colectivas y persuasión. Lo que no necesita es que las emociones sustituyan a la evidencia ni que las medias verdades pasen por explicaciones completas.
Distinguir conceptos no es un lujo, es una herramienta para exigir mejor política. En tiempos de comunicación instantánea, esa precisión también ayuda a periodistas y ciudadanos a no repetir etiquetas cómodas que sustituyen la verificación con evidencias.























