Durante décadas, hemos contemplado un ambiente contaminado de manera indiferente, creemos que el humo industrial y el escape de los motores sólo castigan a los pulmones, provocando tos, asma y dificultad para respirar, sin embargo, la medicina ha descubierto al corazón como un receptor importante de la crisis ambiental. El músculo que sostiene la vida late hoy bajo amenaza constante. Se ha comprobado que la nicotina del cigarro es un contaminante que afecta directamente al corazón, no obstante, en las últimas décadas se han descubierto nuevos contaminantes ambientales que dañan al sistema cardiovascular.

En el siglo XX, tragedias como la niebla tóxica de Meuse, Bélgica en 1930 y el gran smog de Londres, Inglaterra de 1952 provocaron aumentos de muertes por fallos cardíacos repentinos. Durante años, esos episodios fueron interpretados como desastres respiratorios. La comunidad médica tardó décadas en reconocer que el ambiente dañaba directamente al sistema cardiovascular. Fue hasta el año 2004 que un artículo publicado en la revista Environmental Health Perspectives consolidó el concepto de “cardiología ambiental”, reconociendo que muchos infartos y enfermedades vasculares no podían explicarse únicamente por aumento de colesterol, tabaquismo o hipertensión.

Los primeros contaminantes identificados fueron los metales pesados, como el plomo, el cadmio, el arsénico y el mercurio, que actúan en el torrente sanguíneo, provocando inflamación sistémica. La lista se expandió con los gases contaminantes (ozono, dióxido de nitrógeno y dióxido de azufre), los contaminantes orgánicos persistentes (PCB, PFAS y dioxinas) e incluso los pesticidas.

Actualmente, diversas investigaciones se han centrado en los plastificantes, una categoría que ha transformado nuestra comprensión de la cardiotoxicidad cotidiana. Sustancias como el bisfenol-A (BPA) y los ftalatos; presentes en algunas botellas y recipientes de alimentos de plástico, ya no son considerados residuos inertes, sino como posibles tóxicos con la capacidad de alterar al sistema cardiovascular. Lo que comenzó en 1936 como una observación sobre las propiedades estrogénicas del BPA ha culminado en la evidencia de que su presencia en orina se asocia con hipertensión, enfermedad coronaria y una progresión acelerada de la aterosclerosis. Incluso sus sustitutos químicos, como el bisfenol-S (BPS) y bisfenol-F (BPF), han demostrado riesgos similares, desafiando la idea de que son alternativas seguras.

La crisis cardiovascular contemporánea posiblemente deberá abordarse desde un enfoque integral que contemple no solo los factores tradicionales, como el estilo de vida y la predisposición genética, sino también la exposición persistente a contaminantes ambientales; promoviendo así, entornos libres de dichos compuestos químicos para preservar la salud cardiovascular.

Estudiante de la Maestría en Ciencias en Neurometabolismo y Profesora de Tiempo Completo. Facultad de Medicina de la UAQ

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