El 11 de junio dio inicio la Copa Mundial 2026 de Donald Trump, que se extenderá durante 39 días, una duración sin precedentes en la historia del torneo. Esta plataforma deportiva, mercantil y política comprende tres países sede, en la que México y Canadá participan como socios minoritarios de Estados Unidos. De manera similar a lo que ocurre con el T-MEC, la letra pequeña revela que los primeros aportaron el territorio, la mano de obra y el corazón, mientras que el nombre de Trump queda estampado como dueño del balón, del estadio y de la taquilla. Además, acapara las rondas finales, el brillo mediático y los contratos de trasmisión.
México organiza la ceremonia inaugural en el Estadio Azteca –al igual que Federico Bonasso, me niego a llamarlo de otra manera–, para que después la gloria viaje al norte y sin regreso. Canadá, por su parte, presta sus praderas, el lago Ontario y su educación bilingüe para los fuegos artificiales, mientras su moneda se devalúa ante el dólar del aficionado. Ambos socios quedan reducidos al papel de anfitriones de utilería: indispensables para poner en marcha el espectáculo, confinados a los partidos inaugurales y la fase de grupos y convertidos en una suerte de “mano de obra” logística.
Las caravanas de aficionados, que en otros tiempos avanzaban entre himnos y celebraciones, ahora son recibidas con sospecha y mediante un trato clasista y racista, amparado en la supuesta defensa de la seguridad nacional. El Mundial de Trump se juega entre muros virtuales y reales. Las filas migratorias en Texas y California se convierten en una ronda de clasificación extraoficial: el aficionado marroquí, el nigeriano o el colombiano deben demostrar que no vienen a quedarse, sino a consumir y marcharse.
La doctrina de política exterior estadounidense conocida como “America First”, se proyecta en cada pantalla gigante. Los cánticos en español son tolerados como folclore de exportación, pese a que los hispanohablantes representan una de las fuerzas más numerosas del ecosistema del fútbol mundial, con más de 550 millones de hablantes. Sin embargo, como ocurrió en las dos primeras ceremonias inaugurales, la tercera y última fiesta de apertura del Mundial 2026, celebrada en el Estadio de los Ángeles, realizó un espectáculo de medio tiempo en inglés y una utilería fabricada bajo el peso de los aranceles.
México y Canadá son socios indispensables, pero también aliados incómodos. Aceptan reducirse a una minoría de edad geopolítica a cambio de migajas de protagonismo. Mientras tanto, en la mesa del T-MEC, la cláusula de revisión de cada seis años –prevista en el artículo 34.7 y vigente desde el 1 de julio de 2020–, pende como una espada de Damocles, representa una amenaza constante de imponer aranceles, incluso sobre la pasión futbolera.
El mundo no llega al Mundial de 2026 por la puerta grande de la fraternidad, sino como la expresión de una nueva configuración geopolítica marcada por controles, tensiones y asimetrías. En su retorno al Despacho Oval, Donald Trump convirtió el torneo mundialista en una metáfora de la renegociación del T-MEC: la apariencia de una asociación equilibrada que encubre una jerarquía estrictamente definida.
























