Un hombre prolífico, que ha vivido con intensidad durante 103 años, Raymundo Cobo Reyes nació el 14 de enero de 1923 en la Ciudad de México, y fue registrado de inmediato en la embajada de España, ya que su padre, Eduardo Cobo Sámano, era originario de Santander. La madre, Cruz Reyes, era de Monterrey, Nuevo León.

El maestro Cobo, pintor y escultor, dedicó gran parte de su obra a recrear encierros, faenas en plazas, figuras de matadores y toros de lidia que corrían, atacaban y morían de nuevo en el recuerdo entrañable del artista, que gozó de cientos de eventos taurinos, en compañía de las más grandes figuras.

Tuvo la fortuna de estudiar en la Academia de San Carlos, aprendiendo en forma directa de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Erasto Cortés, José Arellano Fisher, José Chávez Morado, Luis Ortiz Monasterio y otros grandes, quienes desarrollaron sus habilidades en el aula y le compartieron su pasión por la creación artística.

Cada mente es un mundo, sin duda. Tuvimos la suerte de escuchar al maestro Cobo hablar sobre el arte taurino. De su mente extraía datos relacionados con momentos estelares de la tauromaquia. Sabía cuántos kilos pesaba cada toro que había pintado o esculpido, cómo era la cornamenta, en qué tercio de qué corrida de qué torero, en qué plaza.

En 1994, llegó a nuestra editorial Álvaro González Larrondo, empresario, amante de las artes, promotor cultural que ha sido miembro de Amigos del Museo de Arte de Querétaro y de la Asociación de Vitivinicultores de Querétaro. Nos pidió editar un libro dedicado a la obra taurina de Raymundo Cobo. Una publicación de lujo, pasta dura, páginas a color, cada ejemplar numerado y firmado.

El libro contiene un texto crítico de Jesús Sánchez Hermosillo, con espléndidas fotografías de Carlos Ysunza. En un elegante evento, se presentó en Guadalajara, como obsequio de un banco a sus mejores clientes.

Rafael Solana escribió: “La fiesta de toros no solamente es un arte exquisito e incomparable, sino suscita y apadrina a otras bellas artes, tiene sus pintores y sus escultores [...] progenie de esta estirpe es en México Raymundo Cobo”.

Creó obras escultóricas de gran calado, como la “Pamplonada”, con 81 elementos entre toros y gente corriendo. Bailaoras de flamenco, mascarillas mortuorias, piezas para monumentos de todo tipo: desde bustos de bronce representando a personajes del Paseo de la Reforma, hasta una escultura de Juan Pablo II, que se exhibe en El Vaticano.

Bohemio de corazón, era capaz de emprender un largo viaje con algún torero el mismo día en que recibía la invitación, para recorrer juntos varios países. A su regreso, ajustaría sus cuentas con la familia o los coleccionistas de sus obras. La pasión guio sus pasos y mantuvo fresca su privilegiada memoria durante décadas.

Fortuna, la diosa romana que rige los destinos humanos, ha sido pródiga con el maestro Cobo. A nosotros nos queda su ejemplo de vida.

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