“Fue el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan importante”, dijo el Zorro al Principito, en una de las obras literarias más populares de todos los tiempos. El Zorro enseñó al Principito a cuidar el tiempo de la amistad: “Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón”.

Los humanos compartimos un calendario para establecer fechas y darle importancia a un asunto que a todos atañe. Celebrar cumpleaños y aniversarios para festejar la vida de los padres o de los hijos. Convivir con los amigos en momentos que son marcas en el camino, conmemorar días de luto, pérdida y dolor, para no volver a repetir jamás esa guerra, ese exilio, ese conflicto entre hermanos.

“Los ritos son necesarios”, dice el Zorro con firmeza. Cuánta razón tiene.

A finales de agosto, ya las tiendas están llenas de mercancías de Navidad. Muñecos mecánicos de Santa Claus, árboles con esferas, luces y trenecitos, imágenes que pretenden poner a los clientes en actitud de celebrar el fin de año, cuatro meses antes.

Faltan las fiestas patrias, las noches mexicanas, la representación del Grito de Dolores, la llegada del otoño, la celebración del Día de Todos los Santos y el de los Fieles Difuntos, la cena de Acción de Gracias que ya se ha convertido en nuestra celebración.

Martin Luther, nacido en Eisleben, Alemania en 1483, se ordenó como fraile agustino en 1507. A raíz de la publicación de sus 95 tesis, fue excomulgado de la Iglesia Católica en 1521. Se casó con Katharina von Bora en 1525 y tuvieron seis hijos. En una caminata por el bosque antes de Navidad, quedó deslumbrado por el brillo de las estrellas que aparecían entre las hojas altas; decidió cortar un pino joven, llevarlo a casa y colgar de sus ramas velas pequeñas que se encendieran como símbolo del amor de Dios, que nos envió a su Hijo.

La tradición de los árboles navideños, que al principio se adornaban con figuras de papel, frutas y nueces, se extendió por gran parte del mundo.

Regalos, villancicos, posadas con piñatas, todo tiene su historia y su gracia. A su tiempo.

Para iniciar septiembre, las panaderías ofrecen panes de muerto rellenos de chocolate y nutella, sin las figuras de huesos que nos recuerdan la fragilidad de la vida. Está La Catrina mezclada con los duendes del Polo Norte, banderas mexicanas, mezcal y pozole con pasteles de calabaza para la noche de dar Gracias.

Todo es un revoltijo, pues, una mezcla sin sentido del valor de las tradiciones y la Historia.

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