La primera del grupo en llegar al Museo de Arte fue la escritora Irene Gutiérrez de Lanz, nacida en Querétaro en 1921. Llegó a mi oficina en el 2003 para gestionar una presentación de su novela Primavera 29. Esta es la dirección de la casa donde la familia Gutiérrez vivió durante la infancia de Irene; la calle Primavera se encuentra en La Otra Banda, un conjunto de barrios que surgieron alrededor de la Antigua Estación del Ferrocarril en Querétaro. La narración abarca cien años en la vida de una familia cuyo bisabuelo lleva a su hija recién nacida a vivir con él; la abuela vive en Manzanillo, donde recibe una rígida formación por parte de sus tías solteronas, que la casan con un primo hermano. De aquel matrimonio procede María, quien radica en Querétaro con su marido. La trama llega hasta la Guerra Cristera en Lagos de Moreno.

Irene G. de Lanz publicó treinta libros escritos con inteligencia y dedicación; tan amenos como su charla.

El día del evento, llegaron sus mejores amigos: Pedro Ferriz Santacruz y Joaquín Cordero, miembros de un clan que había creado la Fundación Mario Moreno, para honrar al actor cuyas películas provocan la carcajada de los televidentes de muchos países.

Las presentaciones de los libros escritos por ellos se convertían en parrandas. Don Pedro Ferriz venía con su hija Gabriela. Joaquín Cordero llegaba de la mano de su esposa Alma. Irene había trabajado en la Presidencia de la República y tuvo una vida intensa. Ferriz fue conductor de noticiarios y programas populares de Televisa; Cordero fue galán de telenovelas, actor en más de cincuenta películas. Su filmografía abarca seis décadas.

Tiempo después, cuando presentamos la autobiografía de Cordero, llegó apoyándose en su bastón, como diría la canción de Mecano sobre Salvador Dalí: son más de ochenta los que curvan tu osamenta.

Sin embargo, al subir a la plataforma que se instalaba para conciertos y recitales, don Joaquín se acomodó en su asiento con la naturalidad del viejo capitán de barco que recupera su juventud al tomar un timón. Se enderezó, pasó una mano sobre su frente para comprobar que estuviera bien peinado, aprobó las luces y esperó a que el público llenara la sala 13, que se prestaba para lecturas, conferencias y música.

Me tocó presenciar un fenómeno curioso: frente a mis ojos y oídos, el actor se apropió del micrófono y su voz recobró nitidez y cadencia. Actuó como el gran seductor que fue, eliminó de golpe diez años de su rostro y leyó su participación con total soltura, con el profesionalismo adquirido en docenas de películas.

En el público, muchas señoras de respetable edad lo miraban a los ojos y dejaban escapar hondos suspiros. Por una vez, la vida les permitía estar a pocos metros de un hombre cuyo rostro conocían de memoria, gracias a la magia del cine, mientras su personaje seducía a mujeres de belleza inalcanzable. En una vuelta de rueda, ahora ellas podían pedirle un autógrafo en su libro, para luego atesorarlo entre las sábanas.

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