En 1988, mi hermosa alumna Isabel Sohn-Frank me invitó a conocer a su prima Ana, artista plástica, quien me pidió que escribiera el texto de sala de una exposición individual que se montó en la Galería Libertad, frente a la Plaza de Armas, ese coqueto jardín que muchos llevamos en el corazón.
La galería era nueva; su sala principal se abrió para recibir un acervo de obras nacidas en la mente de una joven escultora —teníamos treinta años— que había creado pequeños universos de vidrio y un elemental sistema de luces para iluminar puntos vitales y darles el brillo indispensable.
Escribí entonces que la maestra Thiel había conseguido trasladar al vidrio una serie de metáforas visuales que provocaban en el espectador una emoción como la que se siente al leer Cien años de soledad: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
La obra de Ana Thiel en aquella muestra tenía la transparencia del hielo, en diferentes matices y texturas. Sus piezas causaron en mí un efecto tan duradero que, décadas después, puedo recordar con nitidez algunas de sus columnas, aunque la vida no me coloque frente a un grupo de tiradores con la intención de causar mi muerte.
Nunca se pagará el verdadero valor de una pieza artística. Cada creador pasa por un proceso que involucra años de estudio, dominio de la técnica, búsqueda del lenguaje estético personal y su narrativa visual. El arte es propiedad de la humanidad y cada coleccionista es tan solo un amoroso protector de las piezas que están bajo su cuidado, para que las generaciones venideras gocen de su belleza y se nutran de su iconografía. Algunos amantes del arte tienen la dicha de poseer una obra de Thiel, de contemplarla y caer en su embrujo.
Ese mismo año, Ana y yo participamos de las sesiones en que se forjó la Asociación de Amigos del Museo de Arte de Querétaro, donde fuimos miembros de la mesa directiva. En muchos momentos, mis letras y sus obras establecieron una complicidad que fue más allá de nuestra profunda amistad. Ella se mudó a San Miguel de Allende, creó un taller con un horno que alcanza miles de grados centígrados para fundir el vidrio y ha formado discípulos que ya transitan sus propias carreras.
La artista ha sido dos veces becaria del FONCA, ha ganado premios y ha expuesto en América, Europa y Asia. Ha viajado para constatar con su mirada azul y verde la belleza de los glaciares, su inspiración perpetua. En el jardín de su casa, se levantan nogales majestuosos que dejan caer sus frutos secos para que ella elabore galletas que pasan por el horno de su cocina, en contrapunto con el poderoso fuego del taller de vidrio. Su hospitalidad es tan grata como su conversación.
Según William Warmus: “La obra de Thiel no se lamenta sobre los peligros que nos rodean. Ella prefiere crear un espacio de belleza. Esto es verdadera sinceridad, y da como resultado esculturas asombrosas”.
























