Administrar narrativamente las crisis gubernamentales mediante el ruido (saturación informativa con hechos insignificantes); chivos expiatorios (García Luna, Calderón…); acusar al pasado (neoliberal); la postverdad (mentir deliberadamente, de manera creíble); para evitar los costos reputacionales, mantener la unidad del grupo, garantizar la impunidad al equipo y evitar que la crisis genere daños reputacionales, la desbandada de la grey o el voto en contra, ha sido la especialidad de los gobiernos de la 4t.
Se trata de evadir la responsabilidad política y reputacional mediante engaños, naturalizar los agravios, de suerte de que los miembros de la secta se acostumbren a ellos, dejen de quejarse, y crean que todo es para su bien.
Buscan que el gobierno pierda unas gotas de sangre, no que se desangre en un charco de indignación social. La manera preferida es mediante el “Muro de fuego”, que enfría el problema mediante el clásico “estamos investigando”, con lo cual inhabilita cualquier dato concluyente en contra.
Otra manera suele ser la “cuarentena”, que es turnar a la Fiscalía la investigación del tema, cuyo informe presentará cuando se haya olvidado el asunto, exculpando a todos los morenistas de sus delitos, evitando que la presidente cargue la culpa de su impunidad.
Otra forma es el “reencuadre” con el que se cambia la naturaleza de la acusación, pasando de la maldad del hecho a la bondad de la intención: “nos equivocamos, pero queremos resolver los problemas heredados y evitar males mayores”.
Y, lo más importante: pasar de lo defensivo a la ofensiva —o al distractor—, mediante la “Cortina de humo” o “diversión estratégica”, consistente en apelar emocionalmente a hechos del pasado de gran impacto (Fobaproa, Estafa maestra, casa blanca, la guerra de Calderón, etc.) o a construir adversarios (tío Richie) y escándalos que desvíen la atención (impuestos en pugna).
Estos mecanismos se refuerzan con el apoyo de “periodistas”, intelectuales e influencers orgánicos, granjas de bots y declaraciones de miembros de la cofradía, que nieguen la realidad y acusen al denunciante de conservador, derechista, enemigo de la transformación…
Así debilitan la verdad y posicionan la mentira y la ignorancia como elementos de control social y político, pero de manera empática porque la clave está en el manejo de las emociones a su favor. La saturación de información falsa o imprecisa ayuda a “documentar” la verdad oficial e imposibilita acceder a la realidad.
El discurso oficial no descalifica el enojo social, lo manipula fingiendo aceptar sus motivos a fin de desinflar su belicosidad y que “comprenda” los argumentos oficiales. Cuando sabe que es imposible encubrir el escándalo, lo destapa para simular llevar la iniciativa; hacer creer que ataca simultáneamente varios frentes, exculpándolo de no resolver problemas pendientes.
No falta la descalificación a reporteros, críticos, analistas, etc., acusándolos de tener agendas ideológicas ocultas. Tras una crisis se requiere crear una nueva realidad mediante “una ley a modo que evite la repetición”.
La postverdad, la mentira deliberada que genera ignorancia funcional está dirigida a la grey, acostumbrada a no cuestionar y sí a respaldar sus “verdades”.
La normalización de la mentira es tal que como la rana hervida, ante una más grande o pequeña, la sociedad ya no reacciona. A AMLO se le documentaron 100 mil mentiras, datos no corroborables, imprecisos, falacias, etc.; hizo lo que dijo que no haría (endudar al país, favorecer la corrupción, etc.), y no pasó nada. Sheinbaum aplica la misma receta, secundada por su equipo de gobierno.
Reconocer la verdad, en el caso de la persona que asoleó las piernas en una ventana de Palacio, o el derrame de petróleo en el Golfo de México, no es virtud ni cambio de estrategia, es control de daños. ¿No mentir?, ¿No robar?, ¿No traicionar?
Ante tanta mentira, cinismo y corrupción, ¿por qué no reacciona suficientemente la sociedad?
Periodista y maestro
en seguridad nacional
























