Hay una lucha constante que muchas veces no se ve, las mujeres queremos y buscamos poder tenerlo “todo”: carrera, familia, estabilidad... Sin embargo, pocas veces se evidencia el precio real de intentar equilibrarlo todo en una realidad que no siempre está diseñada para hacerlo posible.
En México, ser mamá transforma la vida personal, pero también redefine la trayectoria profesional. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la tasa de participación económica de las mujeres ronda el 46%, frente a más del 75% en los hombres, y esta brecha se amplía después de la maternidad.
Datos del mismo instituto muestran que 7 de cada 10 mujeres ocupadas son madres, muchas de ellas enfrentando condiciones laborales más restrictivas o con menor acceso a crecimiento profesional.
A esto se le conoce como la “penalización por maternidad”. No es un concepto abstracto: es la diferencia en ingresos, oportunidades y desarrollo profesional que enfrentan las mujeres por el hecho de ser mamás.
Me refiero a promociones que no llegan, proyectos que no se asignan, aumentos que se postergan. A esa percepción de que una madre tiene menos disponibilidad o compromiso.
Y el impacto también se refleja en los ingresos, ya que en México, las mujeres ganan en promedio entre 14% y 18% menos que los hombres, según datos del Instituto Mexicano para la Competitividad, brecha que tiende a ampliarse en etapas de maternidad.
El problema es precisamente este costo silencioso. No aparece en los estados de cuenta, pero sí en las brechas salariales. No se ve en el día a día, pero se refleja en pensiones más bajas, en menor independencia financiera y en una mayor vulnerabilidad económica en el largo plazo.
Y, sin embargo, se “normaliza” que las mujeres ajusten su carrera o “pausen” su actividad. Esto es un error, porque maternar no debería implicar renunciar al desarrollo económico propio.
Desde lo personal, la conversación es incómoda, pero necesaria. Hablar de dinero en pareja, planear financieramente antes de tener hijos, no perder de vista el ahorro propio, el retiro o la independencia.
Ya hemos dicho que depender económicamente es una forma de vulnerabilidad.
Y desde lo estructural, el reto es aún mayor. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México se encuentra entre los países con menor participación laboral femenina dentro del organismo, en gran parte por la carga de cuidados no remunerados que recae en las mujeres.
La maternidad no debería costar oportunidades, pero hoy, muchas veces, las cuesta. Reconocerlo es el primer paso para cambiarlo.
El verdadero equilibrio no es “poder con todo” contra viento y marea, sino en tratar de transitar donde no haya que elegir entre ser mamá y construir un futuro financiero sólido.
























