“Por una razón me dejó Dios”, dice José Gustavo Martínez Torres, quien hace 22 años sufrió un accidente que lo dejó postrado en una silla de ruedas. Ahora, lucha por salir adelante y de vez en cuando aconseja a los jóvenes para que no caigan en las adicciones.

Bajo la sombra que dan los antiguos edificios del primer cuadro queretano, José Gustavo se gana la vida. Tiene un hijo que mantener. Vive solo, pues se separó de su mujer hace unos años.

Frente a su silla de ruedas lleva un cajón con dulces y chicles. De vender caramelos obtiene el sustento de lunes a viernes, desde primera hora del día hasta las dos de la tarde.

Señala que lleva 12 años vendiendo frente al jardín Guerrero. “Gracias a Dios de aquí sale para mantener a la familia. Tengo una discapacidad motriz de ambas piernas y brazo izquierdo. Tuve un accidente hace 22 años, a raíz del mi adicción al alcohol y el alto consumo de drogas, pero bendito sea Dios con este trabajo sacamos adelante a la familia”.

José Gustavo narra que vivía cerca de las vías del tren, a la altura de Carrillo Puerto. Recuerda en ese lugar, se juntaba con varias personas a tomar alcohol. Un día se quedó dormido en la vía del tren, el ferrocarril estaba parado cuando comenzó a dormir. Luego el tren inició su marcha, debido a la cantidad de alcohol que había ingerido no se pudo mover y el móvil lo arrolló.

“No me di cuenta hasta que desperté a los 15 días en las instalaciones del Seguro Social. No sentí ni dolor ni nada, pero después te privas. Es la consecuencia del alto alcohol”, narra.

Tras la experiencia, señala que no quería vivir. Se sentía desilusionado, triste, desahuciado. Recuerda preguntarse sobre qué haría sin la motricidad de una mano. Le costó mucho tiempo aceptar su discapacidad y reincorporarse a la sociedad, salir a la calle le daba vergüenza, le costó retomar el rumbo de su vida.

No falta quien llegue a saludar a José Gustavo, desde el personal de limpia del municipio que trabaja en el jardín Guerrero. Lo saludan, compran algo, platican unos minutos y se despiden de él.

El tiempo que ha trabajado en el lugar ha ocasionado que cree un lazo con las personas que trabajan en los alrededores, como los empleados de la delegación municipal del Centro Histórico.

Una de las trabajadoras de limpia de la capital le lleva una golosina fría. La acepta de buen modo. La mujer también ofrece un poco de charla.

Un adulto mayor, vestido con un traje gris, detiene su andar para saludar a José Gustavo. Intercambian saludos, bromas y risas. Luego viene la despedida.

José Gustavo comenta que para superar la tragedia necesitó de ayuda sicológica. Solo hubiera dudo muy complicado.

“Necesitas alguien que te saque adelante, que te vaya cambiando tu mentalidad, tu pensar. Más que nada aceptar que de una u otra manera tienes que salir adelante. La peor discapacidad de un ser humano la mental, porque la física no importa. Mientras tenga tu mente sana no hay problema y gracias a Dios, aquí estamos".

José Gustavo hace una vida normal. Indica que se levanta a las cuatro de la mañana, se baña, prepara su desayuno, ya que es largo el trayecto desde su domicilio, en la colonia La Piedad. Desde las cinco de la mañana parte para volver a casa a las cinco de la tarde.

Comenta que si recibía apoyo de gobierno, pero no es la única persona con discapacidad. Explica que les dan el apoyo económico uno o dos años, por parte del municipio. Luego los dan de baja para que otras personas reciban la ayuda. En este momento no recibe apoyo alguno, pero espera pronto recibirlo.

Dice que lo que le pasó fue un cambio en su vida. Durante un tiempo, en 2007, acudió a dar unas pláticas a la Prepa Sur, lo que califica de bueno, porque mucha gente, principalmente jóvenes pudieron saber su historia y reflexionar sobre las adicciones y sus consecuencias en la vida.

“Ya ves que la juventud se va por lo fácil, quieren experimentar en cabeza propia, entonces esto que pasó a mí, le doy gracias a Dios porque estoy lúcido y puede dar testimonio para que se pongan vivos con la droga, el alcohol. Si les ha servido a mucha gente porque dice que no quieren estar en una silla de ruedas, porque es difícil. Es difícil aceptarte a ti mismo, que te vayas adaptando. Para mi es normal ya. Ya no pienso: me están viendo. Ya estoy centrado en lo que hago, en lo que estoy haciendo y en lo que quiero en la vida.

Aquí el problema es que muchas personas (con discapacidad) se quedan estancadas, se trauman. Siempre es algo muy recomendable que la persona que tenga discapacidad tenga el apoyo familiar. Yo lo he recibido mucho de mi familia. Es algo bueno, porque sales adelante”, subraya.

José Gustavo añade que le gustaría que a las personas en sillas de ruedas les pudieran dar clases de baile, del que se declara aficionado. Dice que conoce a personas en sillas de ruedas que se sentirían muy bien si tuvieran este tipo de apoyos, pues las limitantes físicas no son impedimento para hacer lo que les gusta.

José Gustavo comienza a recoger su puesto. Se despide con una sonrisa. Lucha por la vida, esa que cambió hace 22 años y que tras la experiencia traumática renació un nuevo hombre.

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