Aunque caluroso, el día es agradable. Voy caminando junto con mi hermana, lo típico de muchas calles de la ciudad es su trazo, la gente dice que parece que cuando las hicieron, primero dejaron correr un marrano y que por donde este corría, las iban construyendo, la gran mayoría están empedradas. Ya ni hablar de las banquetas, casi todas disparejas; unas altas y bajitas; otras amplias y estrechas.

Mi mamá nos mandó a comprar tortillas a la vuelta de la esquina con Doña Chuy, así le dicen a la dueña. Es de las pocas personas en la cuadra que tienen televisión en su casa. Debo confesar que no es una molestia salir a comprar a esa tortillería, todo sea con el pretexto de poder ver por unos momentos la televisión, ya que en la casa no tenemos.

En el mismo lugar donde se venden las tortillas, en un rincón del local está el televisor, cualquiera que vaya a comprar, lo puede ver sin ninguna dificultad.

Mi hermana es tres años mayor que yo, la idea de ir los dos, es para poder cuidarnos, pero sobre todo para ver la tele. El rumbo es tranquilo, aunque de vez en cuando una que otra pelea de borrachos en la esquina o los vecinos que se molestan porque uno le echó la basura al otro, ya que alegan que cada quien tiene su basura, según el frente de su casa. Además de que, si sobra algo de cambio, podremos comprar semillas o pepitas saladas con mi tía, quien afuera de su casa tiene una vitrina con dulces para vender a los demás niños de la cuadra.

A lo lejos, se escucha el sonar de una rocola que toca un éxito del momento. La melodiosa voz de la cantante, en tono triste y desalentador canta.
—“… La prueba bien clara esta tarde has tenido,
—Pasaste con otra por verme sufrir 
—Y en vez de enojarme como tú has creído, di vuelta la cara y me puse a reír...”.

La música proviene del interior de una cantina. En una de las puertas de la entrada a este negocio, una mujer llora, y con sus manos trata de limpiarse las lágrimas que corren por sus mejillas, mientras expresa una leve sonrisa a pesar de su desconsuelo, tal vez su llanto evoca con dolor el recuerdo de algún ser querido o de algún amor que no fue correspondido.

A mis escasos nueve años —y aun cuando no pudiera comprender aquello del todo—, es visible su sufrimiento. Yo la conozco, en otras ocasiones que he pasado por aquí mismo, la he visto reír y platicar con los señores que vienen. Se viste y se pinta la boca de manera diferente a las otras señoras que frecuentan el lugar, tal vez por eso la distingue de ellas.

Los pleitos entre los borrachos, a veces se dan al calor de unas copas de más, se peleaban por las mujeres que acuden a la cantina. El dueño les permite entrar para que convivan con ellos, esto le da más ganancias, por la cerveza y el vino que toman. Conozco a varios de los hijos del señor de la cantina o de lonchería como a veces le llaman al lugar.

Al llegar a la tortillería, con sorpresa vemos en la televisión a un cantante vestido en traje de charro, es el famoso Javier Solís, llamado “El rey del bolero ranchero”. El locutor, con mucho pesar, anuncia que ha muerto. Al mismo tiempo se escucha en su voz, una de sus canciones.

“Cuatro cirios encendidos, 
hacen guardia a un ataúd,
en él se encuentra tendido,
el cadáver de mi amor”

Con gran tristeza y lágrimas en los ojos, la señora de la tortillería nos platica lo sucedido.
—Tan joven, y bien bonito que cantaba, lo hemos perdido— son sus palabras.

Mi hermana y yo simplemente nos miramos, vemos la tristeza y el llanto de doña Chuy, que mecánicamente envuelve las tortillas en papel de estraza. Con esta mala noticia regresamos a la casa.

Todo ese día en la radio, estuvieron hablando de la vida y de la muerte de Javier Solís. Sus canciones no dejaban de escucharse.

Al otro día, nos enteramos que la noche anterior, en la cantina de la esquina, habían reñido dos hombres, que uno le había disparado con una pistola a otro, el cual estaba muy grave. Los dos se disputaban el amor de Teresa, la misma mujer que yo había visto llorar desconsoladamente unos días antes. Es hermana de un vecino al que la gente le apoda el “Huevo” es zapatero y los miércoles por la noche, es luchador de lucha libre.

Desde el incidente de la otra noche, he pasado de nuevo varias veces frente a la cantina y he notado la ausencia de ella, su presencia es inconfundible, ya que luego luego se distinguía su voz en las risas y en los cantos, tengo la impresión que era muy solicitada por los clientes.

Desafortunadamente, le han comunicado a mi mamá que tenemos que desocupar la casa, que está en venta. Tenemos tres meses para irnos. La tristeza que me da, es que ya no volveré a escuchar la música de la sinfonola, la televisión en la tortillería, pero tampoco veré más a Teresa parada en la esquina.

Supimos por los vecinos que se fue a Tijuana con unos parientes, o al norte de’mojada’. Tal vez huyendo de sus problemas de amor y de su tristeza que siempre cargaba con ella.

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