Ayer, durante el segundo informe de Gobierno, la Presidenta presentó un país con señales económicas favorables: récord de Inversión Extranjera Directa, inflación a la baja, un peso fuerte, desempleo de 2.7%, una balanza comercial positiva y máximos históricos en algunos indicadores laborales. La IED alcanzó 34 mil 968 millones de dólares durante el primer semestre de 2026, mientras la población ocupada llegó a 60 millones de personas.

También hay una cifra políticamente poderosa: el salario mínimo acumula una recuperación de 154% en su poder adquisitivo respecto de 2018. Y el salario medio de la economía formal alcanzó, según el informe, 20,212 pesos mensuales. La reducción gradual de la jornada laboral hasta llegar a 40 horas semanales en 2030 completa una agenda de transformación importante para el mercado de trabajo.

Todo eso importa. Pero hay un pequeño detalle con los “buenos” indicadores: por sí solos no explican cómo vive un país.

El PIB, por ejemplo, puede crecer y aun así no representar una mejora real para las personas.

Tomemos como ejemplo los indicadore del empleo. Una tasa de desempleo baja puede parecer, a primera vista, una excelente noticia. Pero México tiene otro indicador que dice mucho más sobre la calidad del mercado laboral: la informalidad.

La ENOE registró una tasa de informalidad laboral de 55% al cierre de 2025.

Y aquí es donde el análisis se vuelve interesante, una misma cifra puede contar historias completamente diferentes dependiendo de cómo la interpretemos.

Lo mismo ocurre con la inversión extranjera. Un récord de IED es una buena noticia, pero la pregunta siguiente debería ser qué sectores están recibiendo esa inversión, cuánto valor agregado generan, cuántos proveedores mexicanos incorporan, qué empleos crean y cuánto de esa inversión se convierte realmente en productividad.

Y aquí encuentro una de las grandes tareas pendientes de nuestra política. Necesitamos gobiernos capaces de producir mejores datos, pero también legisladores capaces de leerlos. Personas que no lleguen al Congreso únicamente a defender una posición partidista, sino a entender cómo está cambiando la sociedad que tienen la responsabilidad de legislar.

Lo más importante de las cifras presentadas ayer en materia económica es lo que siga después del informe, la discusión más importante no debería ser si México “va bien” o “va mal”. Esa es una discusión demasiado pequeña para un país tan complejo, nuestro país esta frente a grandes debates sobre su futuro, la jornada de 40 horas transformará el mercado laboral, la inteligencia artificial reemplazará cientos de profesiones, la transición energética nos obligará a cambiar dinámicas en vivienda, transporte y la industria 4.0 abrirá nuevos sectores productivos que aún no existen.

Por eso solamente cuando entendemos mejor las causas, consecuencias y los alcances, los datos de un informe puedan pasar del discurso a convertirse en información útil para gobernar.

Y esa es justo la diferencia entre administrar el presente y construir el futuro.

Rubén Galicia

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