Año con año, el Foro Económico Mundial publica su selección de las diez tecnologías emergentes que marcarán el rumbo de los próximos años.

Esta lista ofrece una mirada privilegiada hacia dónde se está desplazando la frontera tecnológica, qué avances podrían transformar la próxima década y, quizá lo más importante, qué tendríamos que estar cambiando para aprender a convivir con ellos.

En el reporte de este año: energía everything-to-grid, extracción directa de litio, destrucción de PFAS, microfábricas de fermentación, administración de fármacos mediante exosomas, vacunas personalizadas de ARNm contra el cáncer, simulación cuántica, modelos del mundo en inteligencia artificial y criptografía basada en redes.

Frente a estas tecnologías que reconfiguraran el mundo como lo conocemos, vale la pena hacernos algunas preguntas ¿Qué hacemos con nuestras leyes cuando la realidad deja de parecerse a aquella para la que fueron escritas?

Pensemos en algo tan cotidiano como la electricidad. Durante décadas construimos un modelo basado en grandes centrales, grandes redes de distribución y consumidores pasivos conectados a ellas.

Pero ahora aparecen baterías domésticas, vehículos eléctricos, generación distribuida, software de gestión energética y empresas capaces de convertir pequeños activos en recursos para la red. El propio concepto de consumidor comienza a quedarse corto. El reporte del Foro Económico Mundial plantea precisamente la posibilidad de que edificios, vehículos y fábricas se conviertan en nodos activos de la red, capaces de producir, almacenar y vender electricidad.

Algo similar sucederá en prácticamente en todos los sectores.

¿Quién responde cuando una decisión nace de un médico, un algoritmo, un proveedor de datos y una plataforma al mismo tiempo? ¿Cómo se defiende alguien frente a una decisión automatizada? ¿Qué será prueba cuando el hecho esté escondido en logs, sensores y modelos? ¿Cómo hablamos de igualdad si sólo algunos pueden acceder a estas tecnologías?

Ahí viene una enorme discusión para nuestras instituciones y gobiernos.

Ya no bastará con “regular la tecnología”. Habrá que conseguir algo mucho más difícil: que todo poder tecnológico capaz de afectar derechos pueda ser explicado, auditado, impugnado y, cuando cause daño, reparado.

Y para eso necesitamos algo que hoy escasea: legisladores capaces de mirar más allá del próximo periodo electoral.

Diputadas y diputados que se pregunten cómo funcionará México en 2030 y qué reglas necesitaremos cuando esas tecnologías sean parte de nuestro día a día.

Mientras muchos legisladores siguen atrapados en debates ideológicos del siglo pasado, la tecnología está cambiando las reglas del juego.

Necesitamos más diálogo entre científicos, empresarios, abogados, ciudadanos y legisladores, más debates sobre inteligencia artificial, energía distribuida, agua, biotecnología, ciberseguridad y automatización; y menos discusiones que solo alimentan la confrontación política.

Rubén Galicia

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