El saludo Querida “República”: una buena madre es origen, refugio y equilibrio; su amor se vuelve una presencia permanente que orienta nuestra conducta, acompaña nuestras decisiones y nos recuerda quiénes somos. La Patria, entendida como madre, también es origen y vínculo afectivo: hogar, memoria, identidad, pertenencia y comunidad.

Por eso, hoy que “La Cosa Pública” parece tan extraviada —tan polarizada, tan ideologizada, tan vacía de verdad y de sentido humano—, quizá debamos preguntarnos algo incómodo: ¿de verdad tenemos derecho a reclamarle a una Patria ausente, o más bien deberíamos cuestionar nuestra propia ausencia de la vida pública y recordar de dónde venimos?

El mensaje

La Patria, como toda buena madre, nos sigue esperando con los brazos abiertos. Espera que millones de mexicanas y mexicanos despertemos a nuestra responsabilidad ciudadana y entendamos que el país no se sostiene únicamente desde el poder, sino también desde la conciencia de su gente.

No juzga nuestra indiferencia, nuestra comodidad o nuestra pasividad frente al mal gobierno; pero sin duda le duelen.

Le duele el abuso de quienes, sin importar colores o partidos, han traicionado la confianza pública aliándose con el crimen, saqueando recursos y utilizando el poder para servirse a sí mismos antes que al país.

También le irrita el anacronismo de quienes insisten en usar las heridas del pasado para justificar los errores del presente; más ocupados en disputas históricas de hace siglos —como la matanza de Cholula— que en la violencia cotidiana que hoy desangra a México.

Y le enfurece que desde el “oficialismo” se invoque su nombre mediante discursos nacionalistas mientras se profundizan la división, el resentimiento y la concentración del poder.

Porque esta Patria, que sigue creyendo en sus hijos, jamás aceptará que normalicemos la violencia y la división entre mexicanos. Como buena madre, espera algo mucho más simple: que aprendamos a reconocernos aun en nuestras diferencias; que podamos disentir sin destruirnos; dialogar sin descalificarnos; coincidir en lo esencial para construir el presente de un solo México.

Desde pequeños, nuestras madres nos enseñaron algo fundamental: mirar hacia dentro antes de culpar hacia fuera; elegir lo correcto sobre lo conveniente; actuar con responsabilidad y hacernos cargo de las propias decisiones.

Tal vez eso mismo necesita hoy nuestra vida pública. Como hijos de una misma Patria, no podemos reducir la conversación a la búsqueda permanente de culpables ni a la competencia estéril sobre quién gobernó peor.

Porque México no se va a reconstruir desde el rencor. Sólo podrá reconstruirse eligiendo la verdad sobre la propaganda; la civilidad sobre el insulto; la paz sobre el odio; la participación sobre la apatía.

La despedida

Querida “R.”: recuerda que, antes que adversarios, todas y todos somos hijos de un mismo país; y ten presente, con Honoré de Balzac, que “el corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontrarás perdón”.

La firma

Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

Google News