Cuando el Hay Festival llegó por primera vez a Querétaro, en 2016, era razonable verlo como un experimento dadas sus condiciones, siendo un festival británico de ideas, trasplantado a una ciudad mexicana de tamaño medio, apostando a que aquí también tuviera los mismos efectos. Tras una década, la pregunta que permanece no es si tal experimento funcionó, sino ¿qué perdería Querétaro si el festival desapareciera?

Querétaro compite por atención con ciudades que tienen más presupuesto turístico y más recorrido previo como destino cultural. Lo que el Hay Festival le ha dado, año con año, es algo distinto, es ahora una cita fija en el calendario internacional de las ideas. El hecho de que escritores, científicos y periodistas de más de una decena de países elijan venir aquí, y no a otra ciudad, coloca a la entidad en una conversación que normalmente ocurre en capitales culturales mucho más grandes y conocidas.

Algo trascendental de la reciente edición fue hacia dónde se movió. Llevar actividades gratuitas a Colón y Huimilpan cambia de fondo, ya no es solo "qué trae el festival a Querétaro", sino "a quién llega el festival dentro de Querétaro". Un evento cultural de este calibre suele quedarse en el centro histórico, donde ya hay público formado y cámaras esperando. Que se anime a salir de ahí, hacia municipios más pequeños, es una señal de que el festival entiende su papel no como vitrina, sino como servicio público que tiene impactos reales en la audiencia.

En este sentido, es relevante señalar uno de los objetivos centrales del festival, que es la formación de audiencias futuras. Un infante que asiste a un recital de poesía en la Alameda o ve tocar a la orquesta infantil de su municipio antes de una charla no necesariamente se convertirá en escritor, pero sí aprende, desde temprano, que las ideas y el arte también son para él, y que puede compartir o discernir de las expresiones de otras personas, pero siempre con respeto.

En otro camino, el Hay Festival también mueve hotelería, restaurantes y comercio local durante varios días en el que la ciudad recibe a cientos de visitantes y a más de un centenar de participantes internacionales. El gobierno municipal lo ha integrado, con razón, a una agenda cultural más amplia que incluye a la Filarmónica del estado y el Festival de Ciudades Patrimonio. El turismo cultural no sustituye a otras industrias, pero sí diversifica la identidad económica de una ciudad que, de otro modo, corre el riesgo de ser conocida únicamente por su industria manufacturera o su cercanía con la Ciudad de México.

Por lo anterior, el mayor riesgo para un festival como este es la discontinuidad. Un cambio de prioridades políticas o presupuestales sería catastrófico para un evento que da frutos que tienen que ver con formación de públicos y de ciudadanos. Sostener el Hay Festival exige verlo no como un gasto cultural anual, sino como una inversión de largo plazo en la manera en que Querétaro se piensa a sí misma como una ciudad capaz de sentar en la misma mesa a un filósofo argentino, una periodista mexicana y un poeta ugandés, y de llevar esa conversación también a otros espacios de la entidad para el beneficio de la sociedad.

Niels Rosas Valdez

Historiador e internacionalista

@NielsRosasV (X)

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