El Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó una tensión que marcará el resto de su sexenio: la continuidad de un presidencialismo históricamente concentrador y la consolidación de un liderazgo propio.
En su mensaje, la presidenta dejó entrever una advertencia política al insistir en la ausencia de fisuras dentro de su gobierno y en la articulación de la unidad bajo su liderazgo: “Que nadie se equivoque: aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos, lo único que hay es la defensa del pueblo de México y su dignidad”. La frase operó como señal de la fuerza de su liderazgo frente a su propio partido (Morena) y ante la oposición exterior y local.
Claudia Sheinbaum no inaugura el presidencialismo fuerte en México. La concentración del poder en la figura presidencial ha sido una constante desde el siglo XIX, se profundizó durante el siglo XX bajo el partido hegemónico (PRI) y volvió a tomar fuerza con la llamada 4T, después del paréntesis de la supuesta alternancia de 2000.
La diferencia que introduce la mandataria no radica en la forma del poder, sino en su textura simbólica, en sus mecanismos de legitimación y en el lugar que ocupa su figura presidencial en el imaginario colectivo. Desde esa perspectiva, el género permite comprender una dimensión clave del respaldo político hacia Claudia Sheinbaum. Este apoyo no se sostiene únicamente en la continuidad con el proyecto de Andrés Manuel López Obrador; también se construye a partir de una identificación que moviliza afectos, expectativas y resistencias.
Sin embargo, su alta aceptación popular, medida por encuestas que la sitúan en niveles inusuales para un presidente de México, no puede atribuirse mecánicamente a su género, aunque tampoco puede ignorarse que su condición de mujer introduce una ruptura simbólica en un país donde el presidencialismo ha sido históricamente masculino y patriarcal.
En este sentido, el intento de la oposición por construir la narrativa de una separación entre López Obrador y Sheinbaum adquiere un significado más complejo. Su objetivo no consiste solo en desactivar una estrategia política basada en la idea de que la unidad de la 4T depende de una figura fundacional; también busca cuestionar el hecho de que esa continuidad sea ahora encarnada por una mujer que reproduce el canon presidencialista.
Ante este escenario, la pregunta incómoda es si el liderazgo de Sheinbaum constituye una ampliación de la democracia o, más bien, una sofisticación del presidencialismo. La unidad que anuncia no es un hecho consumado, sino un proyecto en construcción permanente. En ese marco, la institucionalización en curso de la 4T, lejos de operar como un blindaje, se convierte en un campo de disputa. Mientras algunos sectores del movimiento la interpretan como una traición a los orígenes, otros la conciben como una maduración necesaria.
La presidenta Claudia Sheinbaum navega entre ambas visiones, pero su condición de mujer introduce una variable a la continuidad del presidencialismo: la interrupción de sus códigos simbólicos. La cuestión es si esa ruptura basta para transformar las relaciones de poder o si, por el contrario, solo las viste de ropajes nuevos.
























