Hay pérdidas que llegan como una tormenta. Irrumpen en nuestra vida y dejan claro que algo ha cambiado para siempre. Otras, en cambio, suceden tan despacio que apenas logramos percibirlas.

Un árbol menos en el paisaje. Un río que ya no suena igual. Una especie que desaparece sin que conozcamos siquiera su nombre. Un glaciar que se derrite mientras seguimos respondiendo correos, preparando la comida o atravesando el tráfico de la ciudad. Quizá por eso nos cuesta tanto comprender la crisis ambiental. Porque muchas de sus transformaciones ocurren a una velocidad distinta a la nuestra.

La obra de Tania Ximena parece partir de esa dificultad. En Río de Niebla, Río de Adobe, Río de Sangre, la artista no retrata un glaciar. Retrata una desaparición. Pero tampoco una desaparición inmediata y espectacular. Lo que muestra es algo más difícil de observar: un proceso. El lento deshielo del glaciar Jamapa se convierte en una metáfora de todas aquellas pérdidas que suceden mientras seguimos con nuestra vida cotidiana. El agua cambia de recorrido, los sedimentos se transforman, la montaña modifica sus ciclos. Nada ocurre de golpe y, sin embargo, todo está cambiando.

Lo fascinante es que la obra no se limita a documentar un fenómeno ambiental. Tampoco intenta ilustrar un dato científico. Más bien nos invita a mirar aquello que normalmente pasa desapercibido. Estamos acostumbrados a pensar en la naturaleza como un escenario. Las montañas están ahí. Los ríos están ahí. Los bosques están ahí. Como si fueran elementos permanentes e inmutables sobre los cuales transcurre la historia humana.

Tania Ximena invierte esa lógica. En su trabajo, el paisaje deja de ser fondo para convertirse en protagonista. La montaña ya no es una imagen bonita; es un organismo complejo atravesado por memorias geológicas, ciclos climáticos, movimientos de agua y relaciones humanas. El glaciar deja de ser una masa de hielo para convertirse en una presencia viva cuya transformación afecta todo lo que toca.

Porque un glaciar no es una cosa. Es una red de relaciones. Cuando desaparece, no desaparece únicamente el hielo. Cambia el comportamiento del agua. Cambian los ecosistemas. Cambian los territorios. Cambian también las historias de quienes habitan esos lugares.

Tal vez por eso la obra provoca una sensación extraña. Nos enfrenta a una forma de duelo para la que no tenemos demasiadas palabras. Sabemos cómo llorar a una persona. Sabemos cómo extrañar una casa o un animal querido. Pero ¿sabemos cómo lamentar la desaparición de un paisaje?

La pregunta puede parecer exagerada hasta que comprendemos que muchos de los lugares que consideramos permanentes están cambiando frente a nuestros ojos. Lo hacen tan lentamente que nuestra percepción cotidiana apenas logra registrarlo.

La ciencia puede medir esos cambios. Puede calcular temperaturas, volúmenes de agua y velocidades de deshielo. El arte, en cambio, tiene la capacidad de hacer visible otra dimensión del problema: la emocional. No porque sustituya a la ciencia, sino porque nos ayuda a sentir aquello que los números describen.

Quizá ahí radique la potencia de la obra de Tania Ximena.

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