Hay cosas que muchas personas solo admiten en voz baja. Que todavía guardan una ramita de ruda detrás de la puerta. Que llaman a su madre cuando un sueño les deja el pecho extraño todo el día. Que, incluso después de años de terapia, medicamentos, algoritmos y productividad, siguen buscando algo que no saben nombrar cuando el cuerpo se rompe o cuando el miedo aparece de madrugada.
Crecimos aprendiendo a burlarnos de ciertas cosas. De los rituales. De las limpias. De las hierbas colgadas en la cocina. De las mujeres que “sentían cosas”. Nos enseñaron que la modernidad consistía en dejar atrás todo aquello que no pudiera comprobarse. Como si la intuición fuera vergonzosa. Como si la espiritualidad perteneciera únicamente al territorio de la ignorancia.
La obra de Maruch Sántiz Gómez parece habitar precisamente ese lugar incómodo: el sitio donde la memoria, el cuerpo, los sueños y lo ritual siguen vivos aunque el mundo contemporáneo insista en tratarlos como residuos del pasado. Hay algo profundamente silencioso en su trabajo. Sus fotografías no buscan imponerse. No están construidas desde la espectacularidad ni desde la necesidad de explicar una cultura para volverla digerible. Más bien funcionan como pequeñas grietas. Imágenes que parecen decir: esto existe aunque ustedes hayan aprendido a dejar de mirarlo.
En muchas de sus piezas aparecen remedios tradicionales, supersticiones, plantas medicinales, síntomas, sueños, objetos cotidianos cargados de significado espiritual. Pero lo más potente no es el archivo en sí mismo, sino la dignidad con la que decide mirarlo. Maruch no documenta estos saberes desde la distancia fría del antropólogo. Los habita. Y eso cambia todo.
Porque existe una diferencia enorme entre observar una creencia y reconocerla como una forma válida de conocimiento. Quizá por eso su obra incomoda de una manera tan silenciosa. Nos obliga a preguntarnos qué tuvimos que sacrificar para poder llamarnos modernos. Qué partes de nuestra sensibilidad fueron consideradas primitivas. Qué vínculos rompimos con el cuerpo, con la naturaleza y con los rituales pequeños que sostenían emocionalmente a las comunidades.
Pienso mucho en eso cuando veo cómo el agotamiento se ha convertido en una condición permanente de nuestra época. Personas incapaces de dormir sin ansiedad. Gente medicada para soportar jornadas imposibles. Cuerpos que viven desconectados de sí mismos mientras las redes sociales convierten cualquier experiencia humana en contenido inmediato. Todo tiene que producir algo. Todo tiene que explicarse rápido. Todo debe tener una utilidad visible.
La obra de Maruch parece resistirse radicalmente a esa velocidad. Sus imágenes exigen otra forma de atención. Una más cercana a la escucha. Como si cada fotografía contuviera una conversación que comenzó mucho antes de nosotros. Hay algo profundamente humano en esa decisión de conservar aquello que el progreso intentó volver irrelevante.
Durante décadas, muchos conocimientos indígenas fueron reducidos a folclor: algo decorativo, curioso, incluso “bonito”, pero incapaz de producir pensamiento complejo.
























