Hay objetos que dejamos de mirar porque creemos conocerlos demasiado bien. Una máquina de coser olvidada en casa de una abuela, una radio antigua que ya no encuentra estaciones, una máquina de escribir cuyos golpes metálicos sobreviven apenas en el recuerdo. Parecen pertenecer a un tiempo concluido, como si su historia hubiera terminado el día en que dejaron de ser útiles. Sin embargo, ¿qué ocurre si dejamos de preguntarnos para qué sirven y comenzamos a preguntarnos qué recuerdan?

La obra de la artista mexicana Tania Candiani parte de esa inquietud. Sus proyectos entrelazan sonido, tecnología, memoria, traducción, oficios y lenguaje. Le interesan las tecnologías obsoletas, los conocimientos manuales y los sistemas de comunicación que el progreso ha ido desplazando. Pero su mirada no está guiada por la nostalgia. Lo que busca es comprender qué formas de conocimiento habitan todavía en esos objetos y qué desaparece cuando dejamos de utilizarlos.

Vivimos en una época que celebra la velocidad. Cambiamos de dispositivos antes de conocerlos por completo, almacenamos miles de fotografías que rara vez volvemos a abrir y confiamos nuestra memoria a sistemas digitales cuya permanencia tampoco está garantizada. Paradójicamente, nunca habíamos producido tantos registros y, al mismo tiempo, nunca habíamos olvidado tan rápido.

Escuchar una máquina no significa únicamente atender el ruido que produce. Significa reconocer que cada mecanismo fue diseñado para responder a una manera específica de comprender el mundo. Una imprenta no sólo imprime palabras; conserva una historia sobre cómo circulaba el conocimiento. Un telar no sólo entrelaza fibras; también enlaza generaciones enteras de personas que aprendieron un oficio con el cuerpo antes que con los libros. Una máquina de escribir no sólo registra ideas; imprime una cadencia distinta al pensamiento, una pausa entre una letra y otra que hoy casi ha desaparecido.

Tal vez por eso resulta tan difícil hablar de los objetos como si fueran simples herramientas. En ellos quedan impresas las huellas de quienes los utilizaron. El desgaste de un mango de madera, una costura reparada varias veces, el brillo que adquiere una superficie después de años de contacto con las manos. Cada marca es una forma de escritura. Los materiales también conservan el ritmo de quienes los transformaron. Basta observarlos con atención para descubrir que poseen una biografía silenciosa.

La memoria no siempre se archiva en documentos. A veces permanece en la materia. Pienso en las casas familiares donde ciertos objetos sobreviven al paso del tiempo. Hay vajillas que sólo aparecen durante las celebraciones importantes, relojes que dejaron de funcionar hace décadas y, aun así, nadie se atreve a desechar. No permanecen porque sean indispensables, sino porque contienen una presencia difícil de explicar. Son capaces de convocar voces, gestos y afectos que parecían olvidados. Se convierten en pequeños archivos domésticos que resisten el desgaste de los años.

Quizá por eso el trabajo de Candiani resulta tan pertinente en este momento histórico. Mientras gran parte de nuestra atención se dirige hacia las innovaciones tecnológicas, ella vuelve la mirada hacia aquello que estamos dejando atrás. No para rechazar el futuro, sino para preguntarnos qué conocimientos estamos sacrificando en nombre de la eficiencia.

Cada oficio que desaparece también transforma nuestra manera de percibir el tiempo. Las manos que aprendían a hilar, imprimir, reparar o construir desarrollaban una relación distinta con la paciencia, con el error y con la repetición. Eran saberes que habitaban el cuerpo antes que las pantallas. Al desaparecer, no sólo perdemos una técnica; también una forma de observar, de escuchar y de comprender el mundo.

Tal vez el arte tenga precisamente esa tarea: devolverle la voz a aquello que el tiempo parecía haber condenado al silencio. Recordarnos que la memoria no pertenece únicamente a las personas. También habita en las herramientas, en los objetos cotidianos, en los materiales y en los oficios que moldearon nuestra cultura. Quizá escuchar las cosas sea también una manera de escucharnos a nosotros mismos, porque en ellas permanece una parte de la historia que todavía nos constituye.

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