Son las tres de la tarde y en Estambul, más precisamente en el Puente Gálata, un viento gélido venido desde las estepas siberianas taladra el rostro, la única parte de nuestros cuerpos que permanece descubierta, y nos obliga a caminar encorvados.

“La bestia del norte”, como le llaman los meteorólogos a esta ola de frío, nos obliga a usar doble ropa térmica, y a comprar guantes y tenis impermeables, además de un paraguas que nos protege sólo a medias, pues a cada rato amenaza con deshacerse por las fuertes ráfagas que se hacen acompañar lo mismo de lluvia que de nieve y que se impactan sobre nuestra humanidad en esta tarde de marzo.

De paso, el temporal nos recuerda que desde tiempos inmemoriales desde la Rusia profunda no sólo han llegado a Turquía ondas de extremo frío, sino también amenazas de conquista. Las disputas históricas por territorios clave como el Mar Negro y la propia Estambul han provocado que entre Moscú y Ankara exista una añeja rivalidad que hasta la fecha persiste.

En una urbe donde gran parte de la historia de la humanidad ha tenido lugar, pues Estambul fue antes Bizancio y Constantinopla, capital del Imperio Romano y del Imperio Otomano, tiene raíces cristianas y musulmanas, y está a la vez en Europa y Asia, los siglos de enconos entre Turquía y Rusia no desentonan: a través del Bósforo el Mar Negro se comunica con el Mediterráneo. La posición geoestratégica es, pues, la clave de las apetencias por Estambul.

En este contexto, parados sobre el Gálata (puente que une el casco antiguo de la ciudad con la zona más moderna) practicamos el ejercicio de cerrar los ojos tratando de imaginar la agitada historia que aquí ha tenido lugar y todo lo que ha estado en juego. Se trata de un largo viaje mental que recorre varias centurias. Conocido como el Cuerno de Oro, en este estuario del río Bósforo, donde ahora nos hallamos, por siglos se llevaron a cabo encarnizadas batallas navales por el control de la región. Muchos de los ataques provinieron, precisamente, de los regímenes zaristas y de sus antepasados la Rus de Kiev, una federación de tribus eslavas de donde más tarde surgieron Rusia, Bielorrusia y Ucrania.

Moscú estuvo cerca de lograr su objetivo cuando el Imperio Otomano comenzó a decaer, sin embargo, las potencias occidentales —Inglaterra y Francia, específicamente— no vieron con buenos ojos que Rusia se apoderara del Mediterráneo y apoyaron a Turquía en sus disputas contra los eslavos. Fue un duro golpe que Moscú ni perdona ni olvida.

Tradición milenaria

No sólo la posición geoestratégica le da un valor agregado al Bósforo. Uno de los tesoros del llamado Cuerno de Oro es precisamente la gran riqueza pesquera que atrajo primero a los griegos y, después, a otros pueblos. Hoy mismo, como ha sucedido por siglos, es todo un espectáculo ver a decenas de pescadores, indemnes ante el frío, apostados a lo largo de los casi 500 metros de longitud del Gálata, tirar sus cañas y esperar pacientemente a que piquen los peces (caballa, dorado, anchoas son las especies más demandadas), en franca competencia con las parvadas de gaviotas que chillan incesantemente y que planean todo el día en busca de comida. Y ojo: no se trata de un hobby, sino de una tradición milenaria y también un asunto de sobrevivencia, pues el destino final de la pesca son los restaurantes que se encuentran en el nivel inferior del puente.

Más allá, cerca de los embarcaderos desde donde salen y llegan los transbordadores que navegan por el Bósforo y que conectan Europa y Asia, se hallan las barcazas donde preparan el balık-ekmek, una comida que consiste en un filete de pescado frito o a la parrilla y que es servido entre las dos partes de un pan. En pocas palabras se trata de una torta de pescado, alimento que en Estambul es una de las comidas callejeras más populares entre la población. Esas pequeñas embarcaciones donde se cocina y vende este pescado, y que a estas horas de la tarde se encuentran abarrotadas, tienen, sin duda, su símil en México: los puestos callejeros de tacos de pastor y suadero.

Entre sorprendidos y fascinados por la frenética y singular actividad de esta zona que pertenece al distrito de Eminönü (donde habitan alrededor de 30 mil habitantes, aunque durante el día pueden llegar a transitar hasta dos millones de personas, dice la estadística oficial), nos sentamos en una estratégica esquina desde donde vislumbramos las barcas-restaurantes que se balancean al ritmo del oleaje, el ir y venir de los transbordadores, pero también de las numerosas personas que a esta hora cruzan frente a nosotros en todas direcciones.

Ahí, constatamos que el proceso de islamización que el presidente Recep Tayyip Erdogan ha puesto en marcha camina a pasos acelerados. En un país que durante cerca de 80 años fue modelo de laicismo son cada vez más las mujeres que visten el niqab, un velo integral, generalmente negro, que cubre cabeza, cara y cuerpo, dejando ver sólo los ojos (ese es el matiz con la aún más radical burka que utilizan las afganas, pues a la altura de los ojos ésta tiene una rejilla que impide que se pueda observar un solo centímetro cuadrado de epidermis), o al menos el hiyab, un largo pañuelo, negro o de colores, que cubre la cabeza y el cabello de las damas. Hacemos cuentas y prácticamente la mitad de las mujeres que cruzan frente a nosotros se encuentran ataviadas con ese tipo de ropa, incluso hay algunas niñas y adolescentes, algo que se encontraba prohibido en Turquía y que Erdogan autorizó hace años pese a la oposición laica que en aquella ocasión denunció “un retorno a la Edad Media”.

Qué distantes han quedado los tiempos de Mustafa Kemal Ataturk, el primer presidente turco, quien en 1924 abolió el califato otomano, introdujo una constitución laica, cerró las escuelas religiosas, prohibió la poligamia e introdujo el matrimonio civil, además de que concedió a las mujeres el derecho a votar, a tener propiedades, a convertirse en juezas del Tribunal Supremo y a presentarse a elecciones a cargos políticos. Y algo no menos importante: desalentó el uso del velo y lo prohibió entre funcionarias del gobierno y en las universidades.

En sentido contrario, el proceso iniciado por Erdogan (quien fue primer ministro de 2003 a 2014, y es el actual presidente turco), va más allá de la promoción de hiyabs y niqabs, y del hostigamiento a quienes no lo porten.

Desde 2010 muchos colegios públicos han sido convertidos en escuelas confesionales y sus egresados acaparan los mejores puestos en el gobierno, además de que se ha promovido la construcción de mezquitas. De las 82 mil que hay actualmente, una décima parte se han construido en la última década. En este tenor, también se ha incrementado el presupuesto para “asuntos religiosos”, lo que eso signifique.

No conforme con islamizar a su país y enfrentarse a la oposición laica turca, Erdogan ha lanzado bravatas nacionalistas contra los líderes europeos, lo que ha provocado reacciones enconadas de la extrema derecha europea, siempre en busca de pretextos para repudiar y expulsar a inmigrantes y refugiados. La finalidad de ese discurso radical no ha sido otra más que fortalecer su posición política entre sus coterráneos, a través del reforzamiento del orgullo nacional turco.

Un ejemplo de ello ocurrió en abril de 2017, cuando previo a un referéndum que ganó por la mínima diferencia y le otorgó aún más poder, Ergodan exhortó a los  millones de turcos que viven fuera, sobre todo en Alemania, a que no tuvieran tres, sino cinco hijos, “pues ustedes son el futuro de Europa. Esa será la mejor respuesta a las injusticias contra ustedes”, les dijo. Lo que, por supuesto, alborotó a sus pares,  quienes se engancharon de inmediato: los nacionalistas radicales europeos. Ni a quien irle.

@gurreaa69

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