Hay preguntas que podemos posponer durante años. El agua no es una de ellas.
Los números están publicados y no son ambiguos. De acuerdo con la Comisión Nacional del Agua, el acuífero del Valle de Querétaro —el que abastece a la capital, a Corregidora y a El Marqués— recibe una recarga de 70 millones de metros cúbicos al año, y se le extraen 131.5 millones. Cada año le sacamos 65.5 millones de metros cúbicos que nadie repone. Y en el documento técnico de la propia autoridad federal la conclusión está escrita con todas sus letras: no existe volumen disponible para otorgar nuevas concesiones.
Esta semana el debate vuelve a la mesa: el Plan Hídrico de Querétaro será sometido a consideración del Consejo de Administración de la Comisión Estatal de Aguas el próximo 28 de agosto. Y creo que debemos aprovechar el momento para discutir algo más grande que un documento o un trámite administrativo: qué tipo de Querétaro queremos construir.
Porque hablar del agua no es hablar de tuberías, presas y pozos. Es hablar de vivienda, de crecimiento urbano, de campo, de industria y, sobre todo, de derechos. Detrás de cada casa que se levanta y cada nave industrial que se inaugura hay una pregunta que tarde o temprano tenemos que responder: ¿de dónde va a salir el agua que necesitaremos mañana?
Querétaro está creciendo. Llegan familias, empresas, inversiones, proyectos. Durante mucho tiempo hemos hablado de atraer inversión y generar empleo, y está bien: Querétaro necesita oportunidades. Pero también tenemos que preguntarnos con qué infraestructura vamos a sostener ese crecimiento. Una ciudad puede presumir parques industriales, vialidades nuevas y edificios modernos; si sus colonias tandean el agua, algo estamos haciendo mal.
El agua no puede convertirse en un privilegio que dependa del código postal o del bolsillo. Y la política pública no puede reaccionar hasta que el problema ya llegó a las casas. Tiene que anticiparse: cuidar las zonas de recarga, reducir fugas, impulsar la captación de lluvia, promover el reúso y tomar decisiones pensando no en los próximos años, sino en las próximas generaciones.
Sé que hay quien escucha esto y entiende un freno. Que cuidar el agua significa cerrarle la puerta a la inversión, congelar permisos, detener el desarrollo. No comparto esa lectura, y creo que confunde el problema con la solución. Lo que de verdad frena a un estado no es planear su agua: es quedarse sin ella. Ningún inversionista construye donde no hay certeza de abasto, y ninguna familia se queda donde no sale agua de la llave. Planear no es detener el crecimiento; es la única forma de que dure.
En la Legislatura hemos defendido que el agua debe entenderse como un derecho. Pero reconocer un derecho en la ley no basta. El reto es garantizarlo en la vida cotidiana: que una madre pueda abrir la llave y tenga agua. Que una colonia cuente con servicios dignos. Que los productores puedan seguir trabajando. Que la industria tenga certeza. Que nuestros hijos crezcan en un estado que no hipotecó sus recursos naturales por crecer demasiado rápido.
El 28 de agosto no se vota un documento técnico. Se define si Querétaro va a crecer sobre lo que tiene o sobre esos 65.5 millones de metros cúbicos que ya no tiene.
Porque el verdadero desarrollo no es construir más. Es construir un futuro que podamos sostener. Y para eso hace falta algo tan básico como lo que todos necesitamos para vivir: agua.
























