En Querétaro podemos discutir si un puente debe ser azul, guinda, blanco o de cualquier otro color.

Lo que no deberíamos perder de vista es algo mucho más importante: qué obra estamos construyendo, para qué sirve y qué beneficio va a dejarle a la gente.

En los últimos días, el puente ferroviario de Bernardo Quintana, parte del proyecto del Tren México-Querétaro, provocó una curiosa discusión pública.

No por su ingeniería.

No por su utilidad.

No por el impacto que tendrá el regreso del tren de pasajeros a Querétaro.

Por su color.

Es guinda.

Y ahora el gobernador Mauricio Kuri ha planteado que sean las y los ciudadanos quienes opinen sobre el color que debería tener.

Me parece bien escuchar a la ciudadanía.

Siempre.

Pero entonces surge una pregunta inevitable:

¿Por qué esa consulta aparece ahora?

Porque durante años hemos visto obra pública estatal, infraestructura y elementos urbanos utilizando el azul como parte de la identidad visual del Gobierno del Estado, un color que, casualmente o no, está profundamente identificado con el partido del que proviene el gobernador.

Y yo no recuerdo que entonces se haya convocado a las y los queretanos para preguntarles:

“¿De qué color quieren que pintemos esta obra?”

Ahí está justamente el problema.

Si vamos a abrir la discusión sobre los colores partidistas en las obras públicas, adelante.

Pero abramos la discusión completa.

No puede molestarnos el guinda cuando gobierna Morena y parecernos perfectamente normal el azul cuando gobierna el PAN.

Porque entonces la discusión ya no es sobre neutralidad institucional.

Es sobre conveniencia política.

Y creo que Querétaro merece una conversación un poco más seria.

De hecho, yo estaría dispuesto a llevar el planteamiento todavía más lejos:

que las obras públicas dejen de utilizarse como lienzos de identidad partidista, gobierne quien gobierne.

Ni azules porque gobierna el PAN.

Ni guindas porque gobierna Morena.

Las obras se pagan con dinero de todas y todos.

Y, por lo tanto, deberían pertenecer simbólicamente a todas y todos.

Dicho eso, tampoco permitamos que una discusión sobre pintura nos haga olvidar lo verdaderamente importante.

Porque debajo de esa pintura hay concreto.

Hay ingeniería.

Hay inversión.

Y, sobre todo, hay un proyecto que puede transformar la movilidad de nuestro estado:

el Tren México-Querétaro.

Un proyecto que conectará nuevamente a nuestra entidad con la Ciudad de México mediante transporte ferroviario de pasajeros y que representa una nueva alternativa de movilidad para miles de personas.

Eso significa tiempo que una madre puede recuperar con sus hijos.

Horas que un trabajador puede dedicar a su familia.

Más posibilidades para estudiar, trabajar, emprender y visitar.

Y una nueva oportunidad para la competitividad y el desarrollo económico de Querétaro.

¿Que una obra de esta magnitud genera molestias?

Por supuesto.

Quienes hemos transitado por Bernardo Quintana durante estas semanas sabemos perfectamente lo que significan los cierres, los contraflujos y los cambios de ruta.

Pero una obra de infraestructura de esta dimensión no puede medirse únicamente por las semanas en las que nos obliga a tomar un camino diferente.

También debemos preguntarnos qué dejará cuando termine.

Y en Querétaro conocemos perfectamente lo que significa vivir una gran obra.

Paseo 5 de Febrero también provocó cierres, tráfico, molestias, retrasos y afectaciones durante meses.

Y no lo menciono para descalificar esa obra.

Al contrario.

Lo menciono porque debemos ser congruentes.

Si defendimos la paciencia de los ciudadanos cuando una obra estatal generó afectaciones porque se argumentaba que al final mejoraría la movilidad, debemos tener la misma capacidad de reconocerlo cuando se trata de una obra federal.

La vara tiene que ser la misma.

Para las molestias.

Para los tiempos.

Y también para los colores.

Porque resulta difícil sostener que pintar una obra de azul es identidad institucional, pero pintarla de guinda es propaganda política.

O son las dos cosas.

O no es ninguna.

Lo que no podemos hacer es cambiar el criterio dependiendo de quién tenga la brocha.

Por eso, gobernador, si quiere preguntarle a la ciudadanía de qué color debe ser el puente de Bernardo Quintana, me parece perfecto.

Pero hagamos completa la pregunta.

Preguntemos también si las obras del Gobierno del Estado deben llevar colores asociados al PAN.

Preguntemos si las próximas administraciones deberían abstenerse de utilizar los colores de sus partidos en la infraestructura pública.

Y quizá descubramos que a la mayoría de las personas les importa bastante menos el color de un puente de lo que algunos políticos imaginamos.

Porque quien está atorado en el tráfico no se pregunta si la columna es azul o guinda.

Se pregunta cuánto falta para llegar a su casa.

Quien necesita transporte público no pregunta qué partido pintó la estación.

Pregunta si el servicio funciona.

Y quien todos los días trabaja para sacar adelante a su familia probablemente espera de nosotros algo bastante más importante que una discusión sobre pintura.

Espera resultados.

Por eso, mi pregunta sobre el puente seguirá siendo la misma:

¿Funciona?

¿Mejora la movilidad?

¿Reduce tiempos?

¿Genera oportunidades?

¿Hace más competitivo a Querétaro?

¿Mejora la vida de las familias?

Si la respuesta es sí, entonces habremos ganado todos.

Porque el azul no le pertenece a Querétaro.

Tampoco el guinda.

Querétaro le pertenece a su gente.

Las carreteras, los puentes, las escuelas, los hospitales y los trenes se construyen con recursos públicos y deben servir a ciudadanos de todos los colores, de todos los partidos y de todas las formas de pensar.

Así que discutamos los colores, si quieren.

Pero hagámoslo sin hipocresías y con la misma vara para todos.

Porque, al final, el verdadero color de una obra pública no debería ser el del partido que gobierna.

Debería ser el del beneficio que deja en la gente.

Y si el Tren México-Querétaro logra que una persona llegue antes a casa, que un joven encuentre nuevas oportunidades o que una familia pueda trasladarse de manera más rápida, segura y digna, dentro de algunos años nadie recordará quién escogió la pintura del puente.

Recordaremos que el tren volvió a Querétaro.

Y eso, más que cualquier color, es lo que verdaderamente importa.

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