Durante años se repitió la idea de que la tecnología era una herramienta neutral y que todo dependía del uso que le dieran las personas. Esa explicación resulta cada vez menos convincente. Hoy las plataformas digitales, los algoritmos, la inteligencia artificial y la infraestructura de nube forman parte de la disputa por el poder global. La tecnología no solo conecta personas, define qué información circula, qué voces se amplifican y cuáles desaparecen. El Big Tech también hace geopolítica.
El ejemplo más conocido ocurrió en enero de 2021, cuando Twitter, Facebook y YouTube suspendieron las cuentas del entonces presidente estadounidense Donald Trump tras el asalto al Capitolio.
La decisión se justificó por el riesgo de incitación a la violencia, pero abrió una pregunta que sigue vigente: ¿quién decide quién puede participar en la conversación pública mundial? Como ha señalado The Conversation, ese episodio mostró que las grandes tecnológicas ejercen un poder político que trasciende las fronteras de Estados Unidos.
Los Estados tampoco permanecen al margen. Marcos Peckel recuerda que India prohibió TikTok después de sus enfrentamientos fronterizos con China, mientras Venezuela y Brasil recurrieron al bloqueo de X en distintos momentos de tensión política.
En todos los casos, el argumento fue la seguridad nacional o el control del discurso público. TikTok dejó de ser una simple aplicación de entretenimiento para convertirse en un activo estratégico dentro de la competencia tecnológica entre Washington y Pekín, donde datos, algoritmos e inteligencia artificial son recursos de poder.
Las plataformas también han demostrado que sus decisiones de moderación tienen consecuencias reales. Facebook fue considerada una herramienta clave para organizar movilizaciones durante la Primavera Árabe, pero años después Naciones Unidas señaló a la misma empresa por permitir la propagación de discursos de odio contra la minoría rohinyá en Myanmar.
Oxfam Intermón resume esta contradicción al advertir que las grandes tecnológicas pueden terminar "eligiendo bando" en conflictos internacionales mediante la forma en que administran sus plataformas.
La disputa ya no ocurre únicamente en las redes sociales. Microsoft bloqueó servicios de nube e inteligencia artificial a la Unidad 8200 del Ministerio de Defensa israelí, mientras Google y Amazon mantienen contratos militares como Project Nimbus.
El CIDOB describe a estas empresas como "actores internacionales privados", capaces de influir en conflictos armados mediante infraestructura crítica, comunicaciones y sistemas de IA. Quien controla los modelos, los chips y los centros de datos controla también una parte creciente del poder global.
Todo ello obliga a replantear debates sobre la libertad de prensa y la libertad de información. Cuando un algoritmo decide qué contenidos recomendar, ocultar o desmonetizar, está construyendo una narrativa sobre la realidad. Construir el sentido común puede allanar el camino sobre quién gobierna un país.
La tecnología se ha convertido en un actor geopolítico. Y aceptar esa realidad es el primer paso para exigir transparencia, rendición de cuentas y garantías para el debate democrático.
Consultor, académico y periodista
























