Contra todos los pronósticos agoreros que anticipaban el fracaso de México en la coorganización de la Copa Mundial de 2026, el gobierno de Claudia Sheinbaum ha conseguido que la fiesta mundialista transcurra con seguridad y consolidar al país como el corazón emocional del torneo, incluso, por encima de sus socios anfitriones: Estados Unidos y Canadá.

En un mundo trazado por muros, amenazas arancelarias y discursos de exclusión y racismo –protagonizados por Donald Trump–, el éxito mexicano en el Mundial envía un mensaje político inequívoco: la fortaleza de una nación no se mide por su capacidad para intimidar, sino por su poder para integrar, proteger y hacer sentir bien a todo el que llega a estas tierras. Mientras la narrativa del norte levanta alambre de púas y administra miedo como estrategia, México responde con una demostración de organización, hospitalidad y seguridad colectiva.

Las tácticas puestas en marcha por el gobierno de Sheinbaum no se limitan a desplegar más policías en las calles, diferentes acciones buscan fortalecer una percepción de seguridad basada en la coordinación institucional, la convivencia social y la confianza ciudadana. En el contexto del torneo mundialista, este enfoque pretende proteger a visitantes y comunidades locales, pero también proyectar una imagen más amplia y equilibrada ante la opinión internacional sobre lo que sucede en el país.

Los estadios llenos y la marcada preferencia de los turistas por la calidez mexicana –por encima de la eficiencia canadiense o del espectáculo estadounidense– trasmiten con claridad que México no compite desde la arrogancia; su mayor fortaleza está en la hospitalidad de su gente. En ese sentido, la moraleja resulta contundente, permite mostrar que la fuerza de un modelo basado en la convivencia prevalece sobre aquellos centrados en el control.

Desde esta misma lógica, la dimensión de estadista que proyecta la presidenta Sheinbaum, articulada en torno a tres gestos políticos, fortalece este principio. Primero, contiene la tentación de militarizar el discurso como respuesta a la crítica local y extranjera. Segundo, muestra que la base popular puede fungir como anfitriona y garante de la convivencia, capaz de propiciar lo que ningún operativo consigue por sí solo: una atmósfera de fiesta que desactiva el miedo. Tercero, evidencia, en un momento de tensión con el vecino del norte, que la estabilidad de México descansa menos en la aprobación o la intervención externa que en la solidez de su pacto social interno.

La lección que México proyecta al mundo es contundente. Frente a un escenario internacional marcado por tensiones, el país responde con cohesión social, apertura, responsabilidad institucional y confianza pública. La coorganización de la Copa 2026 se convierte así en una oportunidad para mostrar la fuerza de un pueblo capaz de organizarse, recibir al mundo y sostener la imagen de estabilidad nacional.

El Mundial en México rebasa el ámbito deportivo y proyecta a un país que convierte la conducción política, la hospitalidad social y el orgullo compartido en una forma propia de presentarse ante el mundo.

Doctorada en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM y Posdoctorada por la Universidad de Yale

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