Hay derrotas que no solo se anotan en un marcador. Se quedan pegadas a la conversación de la mesa, al café de la mañana, al grupo de WhatsApp donde todos opinan, reclaman, bromean y vuelven a creer. La eliminación de la Selección Mexicana duele por eso: porque no es únicamente una salida prematura, sino una interrupción brusca de una esperanza que, por costumbre y por cariño, siempre regresa vestida de verde.
Y aún así, en medio del golpe, hay algo que merece decirse sin solemnidad exagerada pero con absoluta sinceridad: esta Selección nos dio muchísimas alegrías. No hablo solo de triunfos concretos, de partidos ganados o de noches redondas. Hablo de esos momentos en que el futbol logró lo que pocas cosas consiguen en este país tan cansado de sí mismo: reunirnos. Hacer que por noventa minutos olvidáramos el ruido, la prisa, el desencanto.
México ha vivido el futbol como un abrazo colectivo. A veces corto, a veces torpe, a veces desesperado. Pero abrazo al fin. Por eso la caída no se siente como un trámite deportivo, sino como una herida sentimental. Porque la Selección no representa únicamente a once jugadores; representa una costumbre emocional, una forma de pertenecer, una fe que se renueva cada ciclo aunque la razón ya haya levantado la ceja.
El problema es que el cariño no alcanza para corregir lo que no funciona. Y aquí conviene hablar claro: la despedida obliga a revisar procesos, decisiones, estilos de juego, formación, carácter. No basta con pedir disculpas ni con prometer aprendizaje. El futbol moderno castiga la improvisación y exhibe, sin piedad, la falta de proyecto. México no puede seguir dependiendo del entusiasmo como estrategia ni del milagro como plan de trabajo.
Pero tampoco conviene caer en la ingratitud fácil. Hay que exigir, sí. Hay que señalar, también. Pero sin borrar lo que esta camiseta ha significado para millones. Porque una selección vale no solo por sus trofeos, sino por la manera en que acompaña la memoria de su gente. Y en ese terreno, México sí ha dejado escenas imborrables: gritos en la sala, abrazos en la calle, lágrimas que nacieron de la ilusión y no del cinismo.
Hoy toca aceptar la eliminación con tristeza y con madurez. Toca reconocer que el sueño se rompió antes de lo esperado. Pero también toca rescatar algo que el ruido suele esconder: el futbol sigue siendo una de las pocas fiestas compartidas que todavía nos quedan. Y por eso duele tanto cuando termina.
La Selección Mexicana nos ha dado alegrías que no entran en una estadística. Nos ha dado recuerdos. Nos ha dado conversación. Nos ha dado identidad en medio del desorden. Ahora le toca responder con trabajo, con seriedad y con una idea más grande que la nostalgia. Porque el afecto ya está. Lo que falta, desde hace rato, es que el proyecto esté a la altura de ese afecto.
























