México se desploma en el ranking mundial de competitividad y la noticia, aunque grave, ya no sorprende. Lo verdaderamente alarmante es que el retroceso dejó de verse como señal de alarma para convertirse en costumbre; y cuando un país empieza a normalizar su propio deterioro, el problema ya no es técnico, sino político.

La eficiencia gubernamental, ese concepto que suele aparecer en los informes con lenguaje frío y números elegantes, es en realidad una de las formas más claras de medir si el Estado sirve o estorba. Y en México, hoy por hoy, estorba demasiado. No porque falten diagnósticos, sino porque sobran decisiones improvisadas, mensajes triunfalistas y una peligrosa afición por confundir control con gobierno.

El dato de la caída en competitividad no debería leerse como una anécdota más del calendario económico. Es una radiografía del país que estamos construyendo desde el poder: uno donde la certidumbre vale menos que la consigna, donde la infraestructura se anuncia más de lo que se termina, y donde la burocracia sigue funcionando como si su misión fuera desgastar al ciudadano y desalentar al inversionista.

La competencia entre naciones no se gana con discursos. Se gana con reglas claras, con instituciones que funcionen, con inversión pública bien dirigida, con seguridad jurídica y con un gobierno que no cambie de ruta cada vez que necesita una ovación. Pero el gobierno federal ha preferido la épica de la transformación rápida, aunque en la práctica eso haya significado centralismo, desorden y una preocupante incapacidad para corregir el rumbo.

Y entonces ocurre lo inevitable: cae la confianza, cae la inversión, cae la productividad y cae también la paciencia de quienes todavía creen que México puede ser un país serio. Porque ser competitivo no es tener un eslogan potente ni presumir obras monumentales; es hacer que la economía respire sin tener que pedir permiso a la improvisación oficial.

Lo más triste es que el retroceso ya no parece provocar vergüenza en la clase gobernante. Se administra como si fuera un daño colateral aceptable, como si perder posiciones en el mundo fuera parte natural del relato. Pero no lo es. Cada lugar que México pierde en estos rankings es una factura que pagan las empresas, los trabajadores y los jóvenes que buscan un futuro menos incierto.

Si el gobierno federal de verdad quisiera corregir el rumbo, empezaría por algo elemental: respetar la técnica, escuchar a los sectores productivos, ordenar la administración pública y dejar de pelear con la realidad. Porque ningún país mejora cuando sus autoridades se empeñan en celebrar mientras el tablero les marca derrota.

México necesita menos propaganda y más Estado. Menos narrativa y más eficiencia. Menos soberbia y más resultados. Porque un país no se hunde de golpe: se va hundiendo así, poco a poco, mientras sus gobernantes insisten en que todo va bien.

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