El cinismo en la política mexicana ha alcanzado niveles de antología. Mientras la realidad nos explota en la cara con la noticia de que el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, enfrenta una solicitud de detención provisional con fines de extradición por sus presuntos nexos con el narcotráfico, el partido en el poder, Morena, ha optado por la estrategia de la avestruz: esconder la cabeza y guardar un silencio sepulcral que estremece.

Resulta verdaderamente patético observar cómo, ante la gravedad de una acusación proveniente de las autoridades estadounidenses, la cúpula morenista prefiere “callar como momias”. Se les llena la boca exigiendo “candidatos limpios” y una ética impoluta cuando se trata de sus adversarios, pero cuando la podredumbre les toca la puerta de casa, cuando el escándalo salpica directamente a uno de sus gobernadores, la vara moral se vuelve de chicle y se estira hasta desaparecer.

Lo que hoy vivimos no es solo un caso aislado, es la confirmación de una sospecha que muchos preferían ignorar por conveniencia política. Es un secreto a voces que se convirtió en una acusación formal que el gobierno mexicano no puede seguir evadiendo con el discurso victimista de siempre. Lo más preocupante no es solo el silencio, sino la complicidad implícita que conlleva. Mientras el país se debate entre la violencia y la descomposición social, vemos cómo el gobierno federal brinda protección de seguridad a quien es señalado por sus vínculos con los llamados “Chapitos”, bajo el pretexto de que es el trato que se le da a cualquier ciudadano en riesgo. ¡Vaya forma de entender la seguridad pública!

¿Es esta la transformación que prometieron? Parece más bien un ejercicio de protección de privilegios y blindaje de las piezas clave que sostienen su estructura de poder. Cuando la justicia se activa fuera de nuestras fronteras, aquí adentro se activan las cortinas de humo. La presidenta Claudia Sheinbaum, en lugar de marcar una distancia clara y contundente, ha preferido justificar el apoyo institucional a quien hoy representa una mancha imborrable para la credibilidad del Estado.

La ciudadanía ya no es ingenua. Entendemos perfectamente que el silencio de Morena no es prudencia, es miedo; no es estrategia, es encubrimiento. Si tienen tanto orgullo y tanta “limpieza” en sus filas, ¿por qué no permiten que se llegue a las últimas consecuencias? La historia los juzgará por su pasividad, pero sobre todo, por su descaro al pretender que los ciudadanos traguemos el cuento de la integridad mientras protegen a quienes, al parecer, tienen mucho que explicar ante la justicia. Qué vergüenza.

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