El intento fallido de Rocha Moya para volver a su cargo como gobernador del Estado de Sinaloa, no solo fue una acción indignante y ofensiva para México, sino un vivo mensaje de que en el oficialismo sigue reinando la impunidad y el descaro.

Después de 112 días de haber pedido licencia al cargo de gobernador en Sinaloa, Rubén Rocha Moya se saltó todo protocolo y cordialidad política (incluso en su partido) para regresar a ocupar el cargo. Mediante un mensaje publicado el 21 de agosto en la red social “X”, el mandatario anunció el reintegro inmediato a sus funciones. La noticia fue tan inesperada que tomó por sorpresa a la presidenta de la república, misma que reprobó de inmediato la aventurada acción. Incluso, varios miembros del oficialismo le dieron su respaldo inmediato, para después desdecirse ante el posicionamiento oficial. No pasaron ni 36 horas para que el sinaloense solicitara nuevamente licencia al cargo, metiendo a su entidad en un verdadero problema de gobernabilidad.

Por todos es bien sabido que Rocha Moya tiene serias acusaciones desde Estados Unidos por muy probables vínculos con el crimen organizado. En su momento, cuando se dieron los primeros señalamientos y la petición expresa del gobierno norteamericano para que fuera detenido, la protección desde la más alta cúpula del poder se hizo patente. La misma presidenta de la república exigió “pruebas” para proceder en consecuencia, y varios miembros del oficialismo manifestaron su respaldo total al mandatario. Ahora el contexto ha cambiado y el apoyo que presumía Rocha Moya se ha desvanecido. ¿Qué pasó? ¿En qué cambio la relación? ¿Qué motivó a Rocha para tomar esa abrupta decisión?

Esas y muchas más preguntas no han sido contestadas, ni se ve intención de hacerlo. Pero algo no podemos obviar en todo este entramado. Está claro que la salida de Rocha Moya fue una de las varias condiciones que impuso el gobierno de los Estados Unidos para no proceder a una detención, por lo que su decisión impetuosa de regresar al cargo puso en riesgo las negociaciones y los acuerdos obtenidos. Tal vez por eso la reacción de la presidenta fue tan intensa y expedita, argumentando incluso temas como soberanía y estabilidad nacional. ¿a qué se refería?

Aunado a ello, bien dicen que en política no hay coincidencias, sino consecuencias, y éste es un claro ejemplo de ello.

Es de suma extrañeza que ese movimiento de Rocha Moya se haya dado justo el día en que fue trasladado de Argentina a México al excontralmirante de la Armada de México, Fernando Farías Laguna, acusado de liderar una red nacional de huachicol fiscal y quien, por cierto, ha señalado abiertamente al hijo del ex presidente López Obrador como el jefe de todo ese entramado. Expulsión que, cabe señalar, fue orquestada en acuerdo con el gobierno norteamericano y por acción precisa del secretario de seguridad pública García Harfuch. Entonces, ¿será que el movimiento hecho en Argentina fue lo que motivó a Rocha Moya para regresar al poder en Sinaloa? ¿acaso alguien desde Palenque lo impulsó para mandar un mensaje?

Así, todo este entramado se ha complicado y no se ve una salida a corto plazo. Sin duda, el panorama sería muy distinto si, desde el inicio, el gobierno mexicano hubiera atendido la petición de los Estados Unidos. Sin embargo, las decisiones de encubrimiento han puesto tanto a la mandataria como a todo el país, entre la espada y la pared. Mientras tanto, la realidad que se vive en Sinaloa es una de los más lamentables, lacerantes e indignantes que se han presentado en tiempos recientes de la historia de México.

Una realidad llena de violencia y zozobra. Un claro ejemplo de lo grave y peligrosa que es la narcopolítica y de que la omisión de las autoridades puede tener consecuencias muy graves.

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