Capítulo 6

Caminé a casa, comenzó a llover. Era uno de esos momentos en que estamos en silencio y no existe nada más.

—Ya me entregaron los boletos. Salimos mañana a las 9 a.m. ¿Cómo te fue? —me preguntó María mientras colocaba su equipaje cerca de la puerta.

—Sabía que él se iría, que no estaba listo y que no lo estará, al menos conmigo. Sé que no me ama y que por más que lo intente, no lograré verme en sus ojos —miré a María y ella me escuchaba como siempre, con ese semblante de paz que siempre calmaba mi ansiedad—. Entendí su postura y la acepté.

—Vamos a dormir un poco, mañana viajas una vez más. Todo estará bien, Isa —sonrió y se fue a su cuarto.

Recordé entonces a mi madre. Yo le extrañaba. En ese momento necesitaba uno de sus abrazos, un beso en la frente que calmara tantos pensamientos destructivos, una palabra que sanara mi corazón hecho pedazos, esa voz que serenaría mis pasos y me haría entrar en razón. Poco recordaba de mi madre como mujer, yo era tan solo una niña, nunca supe si fue realmente feliz, si ella entendería esta clase de amor.

Lloré por ella, porque era bella y tenía sueños, porque esos sueños le habían sido arrebatados. Lloré desconsolada y admití que le había odiado por temporadas, yo no entendía el amor de madre, yo solo sabía de esa soledad que llegaba en las noches y me provocaba miedo, que me enseñé a ser mujer apenas siendo una niña y que al pasar de los años, me enseñé a ser una mala mujer. Sentí vergüenza y miré al cielo.

No creo en Dios, ni en nada que no pueda ver… pero me atrevía a creer que mi mamá me estaría viendo en esos momentos y que me ayudaría a tomar mejores decisiones, después de todo, este viaje lo había postergado por estar atada a las memorias y a mis hombres… era el destino que esperaba por mí, desde hacía tanto tiempo, paciente y en silencio. Deseé con el corazón que así fuesen las cosas y me fui a dormir.

Al llegar al nuevo departamento, sentí que por vez primera no había llegado huyendo, fugitiva de mis memorias pasadas y tristes historias de amor pasajeros.

Los primeros meses transcurrieron con fluidez en la escuela, María también estaba contenta. Pocas veces la había visto relacionarse con algún muchacho, siempre temerosa de los pasos errantes que en su alrededor cometíamos la gente que vivía con ella. Pero aquí era distinto y pensé: “Cuando estás alegre, estás en el camino correcto”.

Una tarde saliendo de uno de esos laboratorios de ensueño en los que me quedaba frecuentemente a cursos, decidí ir a caminar un poco a la playa. Cuando subí al auto percibí un aroma familiar, que me hizo recordar y sentí nostalgia, por más ocupada que pudiese encontrarme y por más plena que estuviera, René hacía que me diera un vuelco el corazón y un dolor de estómago ya cotidiano.

Llegué a la playa y sentí la arena en los pies, extrañaba esa sensación.

He sido herida, como nadie se había atrevido a lastimarme, fui engañada, olvidada, humillada y abandonada a la suerte de un mundo decadente. Hay noches enteras, hay noches a medias, hay momentos de llanto que se vuelven eternos y hay veces que la eternidad son solo minutos. He vivido mucho, tal vez nada, aunque para mi estatura son demasiados desvaríos; me he mirado en los ojos de donde no me quiero ver jamás, he matado y saciado mi hambre. He sido escuchada y hay veces en las que necesito gritar un poco más, me he enamorado por primera vez y a primera vista y hay amores en los que no creo. He intentado no pensar y no escribir, he pagado y he quedado a deber, he empeñado mis servicios y he vendido mi placer. He sacrificado mi tiempo y lo he agotado también. He volteado hacia atrás y he llorado después, he bailado sin ritmo, caminado sin destino alguno. Y ahora, ya que todo habría terminado, estaba lista para comenzar de nuevo.

Regresé a casa, María no estaba para mi sorpresa, ya comenzaba a oscurecer. Antes de maquilar un pensamiento fatalista, tocaron a la puerta. Sentí un alivio, era María alegre, me abrazó fuertemente y me dijo que ella haría la cena. Tocaron la puerta una vez más y muy a mi pesar, me dirigí a abrir. Era René.

—Isa. Te encontré —dijo de manera agitada.

¿Qué quieres? —fue todo lo que pude decir.

—Yo también intenté salvar a alguien a quien amaba, ella jamás me lo pidió, no quería ser salvada. Se llamaba Lili y era adicta. Luché por ella hasta que Dios me la arrebató… me he escudado tras ese dolor para no seguir adelante. Perdí mi fe y me vi andando por caminos que a los ojos de terceros parecían enaltecerme, pero fueron caminos que jamás comprendí —hizo una pausa y bajó la mirada—. Si no he podido avanzar, ha sido por la insoportable culpa que siento a diario, no puedo perdonarme todavía, no pude hace nada por Lili. Estoy cansado de preguntarme, de suponer, estoy harto de tener el silencio por respuesta, tropecé con rocas, con personas, conmigo mismo y con lo que ya no existe… culpabilicé a un Dios muerto para justificar mi supuesta locura, mis amores fallidos, vacíos y desinteresados en su mayoría —volvió a hacer una pausa y me miró buscando respuesta y solo encontró a una Isabel pasmada y confusa; sacó una pasta de dientes de la mochila que llevaba cargando y me la entregó.

—¿Y esto? —pregunté contrariada.

—Tú me dijiste que yo era un buen hombre y solo después de que me lo dijiste, creo que es verdad. Soy una mejor persona desde que te conozco, tú me haces querer ser mejor. Una vez te mencioné que tenía un problema en las encías, al día siguiente llegaste con la pasta… cuando te conocí trataste de salvarme, eso fue tonto, pero Isabel, nadie había notado que había algo roto dentro de mí —dio un paso hacia delante y me miró fijamente—. Ahora entiendo que todo lo que ha pasado, que cada paso me ha traído hasta aquí para decirte que podemos estar bien juntos, que yo te quiero Isa, siempre te he querido.

Guardé silencio y sus manos acariciaban mi rostro. Todo estaba delante de mí. Mi vida tendría un amor distinto, un amor libre y sincero, como el amor que se describía en los libros que solía leerme mi madre antes de dormir.

Me besó y comenzó una nueva historia, esta vez nada trágica que contar.

Fin.

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