Nos dijeron que en San Diego podríamos encontrarlo. Que era el único que podría explicarnos.

Así que salimos temprano y manejamos hasta San Diego, una comunidad cercana a Santa María Acapulco, en el vecino estado de San Luis Potosí. Ahí viven los pames, xi’ui o xi’oi. Una comunidad indígena que desde hace unos 50 años inició un proceso de migración a zonas del estado de Querétaro, sobre todo a los municipios de Jalpan de Serra y Arroyo Seco.

En Santa María, nadie habla español a menos que sea extremadamente necesario, por lo que nuestra convivencia se torna muy complicada.

Aún con los notables problemas de comunicación, nos organizamos y comenzamos nuestra búsqueda. La misión es encontrar a Santos, uno de los últimos indígenas xi’ui que tocan la flautahoja o flauta nipil’ji.

Hicimos apenas unos quince minutos en auto hasta la entrada de la comunidad. El carro no podía seguir por lo agreste del camino, así que caminamos. Luego de poco más de una hora, encontramos la casa de Santos. Nadie sale. Solo las chivas y los perros nos reciben. Pero nadie más. Magdalena, nuestra guía, comienza a gritar cosas que no entendemos. Habla en xi’ui. Por fin, luego de intentarlo largo rato, una mujer joven le dice que Santos no está. Anda en la milpa y quién sabe cuánto tiempo tarde en regresar.

La casa de Santos es una típica casa pame. Hecha de palos y piedras. De techos de palma y pisos de tierra. A la distancia logro ver un par de cuartos, un corral, una cocina y nada más.

Regresamos derrotados. De nueva cuenta a caminar.

Por nuestro paso, nos encontramos con un hombre que nos ofreció ir a buscar a Santos a la milpa: ¿Como cuánto tiempo se tardará? ¡Nombre! Aquí está tras lomita- y salió corriendo-.

Esperamos bajo la sombra de un gran árbol, al menos una hora y media más. Y finalmente Santos llegó. Sus ropas son de campesino, usa huaraches de suela de llanta. Un sombrero roto y sucio completa su vestuario.

Don Santos apenas puede hablar español. Le pregunto si puede enseñarnos su flautahoja y me dice que sí. Pero que debe ir a su casa por ella… ¡A esperar otra hora!

En las comunidades el tiempo pasa y no. El tiempo es distinto. No pesa esperarlo. No pesa perder el tiempo haciendo nada más que escuchar el viento entre las hojas de los árboles. Escuchar a los perros ladrar y a los niños jugar.

Lo que buscamos vale la pena. La flautahoja o flauta nipil’ji es un instrumento indígena muy antiguo y guarda una tradición que se está extinguiendo. Para los pames, la música forma parte de su cosmovisión.

En Santa María Acapulco, el chamán músico Rufino Medina, solía ser el poseedor del conocimiento ancestral, pero está enfermo y en cama. En San Diego, Juan Medina tocaba la flauta, pero murió. La música que interpretan son sones del mitote, una especie de ritual comunitario para comunicarse con las divinidades atmosféricas y sus muertos.

En Santa María, el templo es muy antiguo. Data del siglo XVIII. Algunos incluso lo comparan con la magnificencia de las misiones franciscanas de la sierra queretana. Actualmente tiene un techo de paja. El techo original era un enorme retablo de madera. Pero una noche, el dios trueno se enojó y dejó caer su furia sobre la iglesia. Todo se quemó. El incendio duró unas cinco horas y acabó con el techo, los retablos, las esculturas, el púlpito y el artesonado que cubría toda la nave.

La comunidad guardó luto y veló las pérdidas del templo durante semanas. Colocaron ofrendas de desagravio porque creían que habían hecho algo mal y tocaron la flauta durante todo ese tiempo. Volvieron a rendir tributo al dios trueno.

Santos llega cansado, empapado de sudor y con una flauta envuelta en una bolsa de plástico.

La flauta es de su papá. Su tío Bernabé la tenía y se la heredó. Se murieron los dos, quedó solo Rufino, pero está enfermo.

- Nomás yo me quedé. Ya no hay nadie más. Solo yo.

Le pregunto si él está enseñando a alguien más a tocar la flauta flautahoja o flauta nipil’ji y me dice que no, los jóvenes le dicen que aprender ese instrumento no sirve de nada: - … ya no les gusta. Ya no quieren aprender-.

- Cuando tocamos la flauta, queremos que llueve (A Santos le cuesta trabajo hablar español y me esfuerzo por entender qué es lo que quiere decirme). Para que venga, hay veces que viene muy peligroso y también tocamos pa’ que calme. Un día se quemó por ahí cerca del río… se brinca la lumbre, se prende el cerro y tocamos este y al otro día, se vino el agua… Dos días que llovió mucho y se calmó la lumbre.

Creen que tocar la flauta les ayuda a eliminar los males.

- Ahorita estamos pidiendo por el agua. Algunos ya sembraron y estamos tocando pa’ que llueva.

Su papá le enseñó a hacer la flauta. Está hecha de carrizo

- Esto blanco es una tela de araña. La buscamos en cáscaras o palos por ahí… Ya que salen los bebés de araña, quitamos la telita. La este (me enseña la punta de la flauta), es cera de colmena real.

El pivotito por donde soplan para generar el sonido, es una pluma de guajolote. Usan una hoja de maíz para proteger la membrana hecha con la tela de araña y justo eso, es lo que hace que el sonido de la flautahoja o flauta nipil’ji sea tan peculiar.

Cuando toca la flauta, dice Santos que pide que el agua venga:

- que venga para comer un elote, para tomar agua, para darle a la familia… como ahorita está seco, nosotros somos pobres y no tenemos agua.

Se refiere a que sus sembradíos son de temporal y dependen completamente de la lluvia que cae. Por eso, la ceremonia del mitote o mitota, se vuelve tan importante para los xi’ui.

- Mi nieto está aprendiendo poquito. Yo nací en 1955… ¿Cómo cuántos años tendré? –Me pregunta y yo trato de hacer la cuenta. Tiene sesenta y tres años Don Santos. Me mira asombrado y convencido de que le digo la verdad.

Don Santos se limpia el sudor y se prepara para tocar. Acaricia con respeto su flautahoja y el sonido comienza. A Don Santos se le nota la pobreza en los ojos. En las manos, en sus pies cansados. Llenos de tierra y semillas.

Vive de lo poco que vende. Siembra maíz, frijol, calabazas. No sabe ni leer ni escribir ni mucho menos hacer cuentas. Vive apartado de la comunidad en una casa de palos y piedras. Tiene chivas y perros, gallinas y uno que otro gallo.

Es campesino y el último flautista de San Diego.

arq

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