Cuento. Una historia, un perrito: Me llamo Mila | Querétaro

Cuento. Una historia, un perrito: Me llamo Mila

La escritora Ayari Velázquez presenta a una canina que, tras sortear peligros en las calles, es adoptada por dos mujeres, pero al llegar a su hogar se enfrenta a un nuevo obstáculo

Cuento. Una historia, un perrito: Me llamo Mila

Cuento. Una historia, un perrito: Me llamo Mila Foto: Cortesía

Vida Q 09/01/2022 12:16 Ayari Velázquez Actualizada 12:16

Bbrrrrrr, bbrrrrrr hace mucho frío, al anochecer solo pude encontrar este puesto de periódicos para poder dormir, y para colmo está lloviendo, además me muero de hambre, hoy solo pude chupetear una lata de atún que me hirió la lengua. No conocí a mi papá,  mi mamá nos tuvo debajo de un puente y luego no volví a saber de ella, tengo dos años, siempre he vivido en la calle, no tengo amigos. 

Amaneció y estoy un poco húmeda, buscaré un poco de sol para poder calentarme, espero que hoy sea un mejor día y que pueda encontrar algo de comer, ¡ya sé! Pasaré por el mercado, a veces hay comida que los humanos tiran, solo tengo que tener cuidado porque no soy la única que quiere alimentarse, somos muchos los que vivimos en la calle y para comer muchas veces tenemos que pelearnos… el pollero tiró unas vísceras al piso, ¡por fin, comida!

—¿A dónde crees que vas con eso enana? —uno de los perros que viven en el mercado me pregunta mientras muestra sus colmillos.
—No he comido en días, por favor, déjame comer esto y no volveré por aquí.
—Parece que no entiendes por las buenas, la comida del mercado es de los perros del mercado, no de una callejera como tú, ¡suelta eso y lárgate!

Salgo corriendo tan rápido como puedo sin soltar la comida, ¡cuándo volvería a encontrar un manjar como este! El perro no desiste, tendré que enfrentarme a él. Dejo mi comida bajo un árbol y peleamos entre mordidas y rasguños… después de un tiempo el perro del mercado se cansa y me suelta.

—Por hoy ganas enana… pero no quiero volverte a ver, ¿entendiste? Porque la próxima no estaré solo.

No contesto, me alejo poco a poco, agarro mi manjar y busco un lugar tranquilo para poder disfrutarlo, ese lugar se ve bien, aquí vienen siempre los perritos con dueño a pasear, sería bonito tener un amigo humano… Le doy el primer mordisco y ¡mmmmh sabe deliciosa! Me siento tan feliz que la herida que me hizo la lata de atún ya no duele, me recuesto en el pasto mientras observo a los perros jugar con pelotas, parece divertido… creo que dormiré una siesta… ¡oh no! ¡mi patita! El perro logró lastimar una de mis patas traseras, esto será un problema, no podré correr ni defenderme igual… bueno, parece que no hay tiempo para siestas, hay que encontrar un refugio donde pueda sanar.

Han pasado un par de días y mi patita está mucho mejor, logré comer unas papas fritas que alguien dejó tiradas. Bien, pues, ¡a buscar comida! He caminado unas cuadras y noto que muchos perros vienen detrás de mí, tal vez buscan comida también, tendré que estar lista, es probable que deba pelear

—¡Hola bonita!, ¿por qué  tan sola? Mis amigos y yo quisiéramos hacerte compañía.
—Hola, pues estoy buscando comida, podemos buscarla juntos si quieren  —¡qué bien, tendré amigos!, pienso e inmediatamente tres perros más se colocan tras de mí, pero ellos no me hablan, me huelen la colita y no me gusta—. Oigan, ¿qué hacen? 
—Pues para que andas solita mi reina, vas a tener que aflojar con alguno de nosotros o con todos si se puede.
—¡No! ¡No! ¡Suéltenme, me lastiman! —corría pero lograban frenarme, me mordían y me arrastraban por el piso, hasta que una señora salió con una cubeta de agua  y se las aventó.
—¡Perros jijos! ¡Váyanse a la chingada de aquí!

Aproveché que todos huían del agua para escabullirme en una tubería, estoy llorando, tengo mucho miedo, ¿por qué me seguían? ¿Por qué me lamían? Yo no les hice nada, ¿por qué querían lastimarme? 

He dormido mucho, no tengo ganas de nada, ni siquiera tengo hambre,  estoy muy triste, camino sin rumbo, no me fijo al cruzar las calles y entonces ¡piiiiiii, piiiiiii! Casi me atropella un auto, corro a una banqueta y no veo dónde esconderme, quien conduce es una señora y se bajó ¡seguro me va a pegar! No tengo fuerzas para correr, le gruño para que no se acerque, grrr grrr.

—¡Perrito! Ven, ¡pobrecito, perdóname! Anda ven, déjame ayudarte —la señora saca unas galletas de su bolsa y al ver que no me acerco, las pone en el piso—. Ven, come, seguro tienes hambre, ven, no te haré  daño.

Me acerco y como las galletas, entonces siento algo que no había sentido antes, me acaricia y me mira como nadie me había mirado hasta entonces. 

—Eres una criaturita, mírate nada más, estás herida. Te voy a llevar conmigo, ¿está bien? 
Tengo un mes viviendo en la veterinaria de Susana, ella es una doctora de perritos, me dan de comer tres veces al día, todos son amables conmigo y me bañan una vez a la semana (eso no me gusta, no entiendo por qué me tienen que bañar, ¿huelo mal?)

Susana me explicó que ha estado buscando una familia para mí y que por fin la ha encontrado, ¡qué emoción! Llegan esta tarde, estoy lista, me pusieron un listón rosa en el cuello, me siento bonita. Entran a la veterinaria dos muchachas, en cuanto me ven sonríen y corren para abrazarme, ¡qué bien se siente! Gracias Susana, soy muy feliz.

—Ya tenemos un nombre para ti —dijo una de ellas cuando íbamos en camino a mi nuevo hogar—.  Te llamas Mila, ¿te gusta?
—¡Woff! ¡woff!, ¡me encanta! No sabía que los perritos podíamos tener nombre, en la calle no nos llamamos de ninguna forma.

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