En medio de un escenario internacional cada vez más fragmentado, el proceso para elegir a la próxima persona titular de la Organización de las Naciones Unidas es por demás relevante. La ONU llega a esta elección con cuestionamientos evidentes sobre su capacidad de incidencia en conflictos recientes, pero también con algo que sigue siendo difícil de sustituir: su papel como el principal espacio de cooperación global. Su futuro está en juego, la posibilidad (o no) de reconfigurar su liderazgo en un mundo en crisis.

El proceso ya está en marcha. Esta semana se llevan a cabo los llamados “diálogos interactivos”, donde las y los candidatos presentan su visión durante diez minutos y luego responden preguntas de Estados miembros y sociedad civil. Ayer participaron Michelle Bachelet y Rafael Grossi; hoy lo harán Macky Sall y Rebeca Grynspan. Las sesiones pueden seguirse en tiempo real por las redes sociales de la ONU.

La tradición no escrita de rotación regional y el consenso cada vez más fuerte, aunque informal, de que ha llegado el momento de que una mujer encabece la organización por primera vez en sus casi 80 años de historia apuntan altas posibilidades para la dos veces expresidenta de Chile, Michelle Bachelet.

Pero como suele ocurrir en la ONU, lo visible es solo una parte de la historia. La decisión final pasa por el Consejo de Seguridad, donde cinco países (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido) conservan el poder de veto. Y ahí es donde las candidaturas se miden no solo por su trayectoria, sino por su capacidad de no incomodar demasiado el status quo.

Estados Unidos ha dejado ver reservas hacia Bachelet, particularmente por sus posturas en temas de derechos humanos y su perfil progresista. Rusia, por su parte, ha mostrado señales favorables hacia Rafael Grossi, con quien mantiene interlocución constante en temas nucleares. China, como es habitual, guarda silencio y Europa observa.

En el fondo, la ONU enfrenta una tensión estructural: operar en un mundo donde el poder (militar, económico) vuelve a imponerse, mientras intenta sostener un modelo basado en reglas, acuerdos y diplomacia. El próximo liderazgo tendrá que navegar esa contradicción, probablemente con márgenes más estrechos que nunca.

Y, sin embargo, hay un ángulo que vale la pena mirar con atención. Si se confirma la tendencia, la próxima Secretaría General podría estar encabezada por una mujer. No es un hecho menor. En un mismo momento histórico, vemos a Claudia Sheinbaum al frente del Ejecutivo en México, a mujeres liderando misiones espaciales como Christina Koch en Artemis II, y ahora la posibilidad de que la ONU rompa una inercia de décadas.

Tal vez ahí esté una de las señales más claras de cambio. No porque resuelva, por sí sola, los problemas estructurales, sino porque redefine quiénes lo conducen. Para las nuevas generaciones hay nuevas heroínas, que son ejemplo, referencia, posibilidades y puntos de partida. En un mundo que parece estancado en muchas de sus tensiones, esos cambios importan mucho más de lo que a veces alcanzamos a ver.

@RubenGaliciaB

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