El saludo
Querida “República”: a cada proceso electoral le antecede una etapa de toma de decisiones políticas que hoy ya está en marcha.
Cuando un partido político y quienes toman decisiones dentro de él eligen a una candidata o candidato para representarlo, no solamente definen un nombre: también delimitan un rumbo, distribuyen poder y asumen las consecuencias de esa decisión.
El mensaje
La elección de una candidatura es, sobre todo, una decisión de poder.
Una que exige discernimiento; ese arte, cada vez más escaso, de saber decidir considerando factores, circunstancias y consecuencias.
Una decisión que coloca a las y los ungidos en la palestra de “La Cosa Pública”, donde sus trayectorias son ponderadas, sus reputaciones contrastadas y sus personas comienzan a ser etiquetadas.
Una decisión que, al mismo tiempo, modifica los equilibrios internos y convierte a quienes son elegidos en nuevos tomadores de decisiones.
Y entonces comienza otra tarea: administrar los costos de la decisión. Evitar fracturas, contener disidencias, administrar intereses, atender inconformidades y reducir los daños que inevitablemente acompañan cualquier definición de poder.
Pero existe otra decisión, quizá menos visible, y mucho más importante: la que corresponde a la ciudadanía.
Y aquí conviene detenernos: ¿cuándo es verdaderamente nuestra una decisión?
Cuando nos informamos. Cuando hacemos un diagnóstico propio de la realidad. Cuando revisamos los resultados de los gobiernos en turno. Cuando conocemos las plataformas de los partidos y contrastamos perfiles, ideas y propuestas. Cuando distinguimos entre información, propaganda y opinión. Cuando reconocemos nuestros propios motivos racionales y emocionales antes de decidir.
En medio del ruido electoral, recuperar nuestro ámbito de decisión también es una forma de ejercer ciudadanía. Es recordar que el poder no comienza ni termina en los partidos, en sus dirigencias o en sus candidaturas; también está en cada persona que se informa, cuestiona, contrasta y decide.
Bien decía Enrique Jardiel Poncela: “cuando tiene que decidir el corazón, es mejor que decida la cabeza”.
La despedida
Querida República: quienes tienen poder ya están tomando decisiones; la nuestra, será decidir qué hacemos con el que también nos corresponde.
No es tiempo de verlo todo con claridad, es tiempo de decidir.
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.























