Las manifestaciones que hoy recorren la Ciudad de México, en la víspera de la inauguración del Mundial de la FIFA, no son una anomalía histórica ni un exabrupto aislado: son el eslabón más reciente de una larga cadena de descontentos que han acompañado a casi cada justa mundialista desde que el futbol se volvió espectáculo global y negocio de Estado.
Brasil salió a las calles en 2013 y 2014 para preguntar por qué había estadios de lujo mientras sus hospitales se caían a pedazos. En Rusia 2018, el régimen blindó la fiesta con control político y represión selectiva. Qatar 2022 no logró tapar, ni con estadios climatizados, el eco internacional sobre los derechos humanos y los trabajadores migrantes. En Argentina 78, el balón rodó bajo la sombra de una dictadura brutal que intentaba lavarse la cara con goles y banderas. La historia, pues, no exculpa ni sorprende: las protestas van de la mano con estos megaeventos porque exponen, con reflectores globales, lo que los gobiernos prefieren mantener en penumbras.
Lo que sí sorprende hoy es el contraste entre la narrativa oficial y el ánimo de la calle. Durante años se vendió la idea de que el Mundial 2026 sería el gran escaparate de un país “transformado”, más justo, más próspero, más pacífico. Sin embargo, la víspera se parece más a un operativo de contención que a una cuenta regresiva festiva: patrullas por todos lados, vallas metálicas, policías con equipamiento antimotines, rumores de detenciones selectivas a activistas, comerciantes inconformes por los cierres y la sensación extendida de que el gobierno se prepara más para administrar el enojo que para celebrar el futbol. En ese contexto, la decisión de la Presidenta de no asistir a la inauguración se siente menos como un gesto de prudencia y más como un síntoma de debilidad política: el reconocimiento tácito de que, si pone un pie en el Estadio Azteca, el abucheo puede sonar más fuerte que el himno nacional.
Las protestas de hoy y las de ayer comparten un hilo conductor obvio: la indignación ante gobiernos que privilegian la foto con la FIFA sobre la realidad de sus ciudadanos. Pero hay algo cualitativamente distinto en este 2026: la acumulación de promesas incumplidas y el desgaste de un discurso que ya no convence a nadie fuera de la burbuja del poder.
El Mundial funciona como un telescopio: no crea los problemas, los agranda ante los ojos del mundo. Las organizaciones de derechos humanos aprovechan la atención internacional para documentar abusos; los colectivos de víctimas se plantan frente a cámaras que normalmente no les hacen caso; los gremios afectados por obras, reubicaciones o restricciones se atreven a confrontar a autoridades que, en otro momento, los ignorarían sin costo. La diferencia respecto a otros mundiales es que hoy la ciudadanía también cuenta con una infraestructura digital de denuncia: transmisiones en vivo, hilos, videos, archivos que se viralizan en minutos y complican la vieja receta gubernamental de negar, minimizar o criminalizar la protesta. El control del relato ya no está en la conferencia matutina ni en la alineación del canal oficial; está fragmentado, desbordado, fuera del guion.
Ahí se entiende mejor el cálculo político de la ausencia presidencial: se evita la imagen del abucheo, la pancarta incómoda enfocada en cadena internacional, el grito que no se puede editar en la transmisión en vivo. Pero esa estrategia tiene un costo: una jefa de Estado que se esconde en su propio Mundial envía la señal de que gobierna, pero no manda; que administra la coyuntura, pero no la encabeza.
Mientras tanto, la ciudad vive una doble realidad: la del turista que ve banderas, fan zones, anuncios multicolores, y la del habitante que sortea bloqueos, revisiones y operativos, consciente de que el mismo gobierno que nunca tuvo recursos para reforzar el transporte público, de pronto tuvo dinero para embellecer ciertas zonas, repavimentar avenidas estratégicas y colocar infraestructura “de bienvenida” que probablemente no se mantendrá cuando las cámaras se apaguen. El problema no es la falta de Estado, sino su voluntad selectiva.
En el fondo, el Mundial 2026 está revelando algo incómodo para el poder: el futbol todavía emociona, pero ya no alcanza para anestesiar. Habrá goles memorables, partidos históricos, pero no habrá borrón y cuenta nueva sobre la crisis de seguridad, la precariedad económica o la desconfianza institucional. La presidenta puede evitar la foto de la inauguración, pero no puede ausentarse de la responsabilidad de un país en tensión, que aprovecha la atención global para recordarle al mundo, y a sí mismo, que la fiesta no tapa el incendio.
























