En política hay causas legítimas, causas populares… y también ocurrencias disfrazadas de sensibilidad. Lo que hoy impulsa la diputada del PT, Claudia Díaz Gayou en contra de la fiesta brava en Querétaro parece entrar en esta última categoría: una necedad insistente que busca reflectores más que soluciones.
Mientras el estado enfrenta retos urgentes en seguridad, movilidad, agua, crecimiento urbano y desigualdad social, resulta llamativo que una legisladora concentre energía política en perseguir una tradición centenaria que forma parte de la identidad cultural de miles de queretanos. No se trata solamente de toros, se trata de libertad, de historia y de respeto a quienes piensan distinto.
La postura prohibicionista de Claudia Díaz Gayou parte de una visión simplista: creer que eliminando aquello que no le gusta se construye una sociedad mejor. Bajo esa lógica, cualquier expresión cultural incómoda para ciertos grupos podría cancelarse por decreto. Hoy son los toros; mañana podría ser cualquier otra tradición.
La fiesta brava genera economía, turismo, empleos directos e indirectos. Ganaderos, monosabios, sastres, músicos, restauranteros, comerciantes y cientos de familias viven alrededor de una actividad legal y regulada. ¿Ya calculó la diputada cuántos ingresos pretende desaparecer con sus iniciativas? ¿O eso no cabe en el discurso fácil?
Además, hay un componente profundamente elitista en esta cruzada moral. Se pretende dictar desde una curul qué pueden disfrutar miles de ciudadanos adultos. Nadie obliga a nadie a asistir a una corrida. Quien no comparte la afición, simplemente no va. Así funciona una sociedad plural. Pero querer prohibir lo que otros aman revela intolerancia, no progreso.
Díaz Gayou está en su derecho de tener filias y fobias. Lo que no debería hacer es convertir sus prejuicios personales en agenda pública. Querétaro merece debates de altura, no campañas de moda. Porque al final, más que valentía política, lo suyo parece simple y llana necedad.
























