Hoy se conmemora una fecha muy importante para toda la sociedad: el Día del Niño y la Niña. Se trata de una celebración muy agradable en la que las infancias pasan un día lleno de actividades lúdicas y de esparcimiento en escuelas, o bien, festejando en el hogar, acompañados de la familia y amigos. Hablar de esta fecha nos permite llevar la discusión a varios frentes que tienen impacto en la vida de las y los pequeños de México.

El Día del Niño y la Niña, como se ha manejado a partir de los últimos años en un intento de visibilizar al género femenino, es una fecha que infantes esperan con ansias a lo largo del año. En toda la semana previo a tal jornada, las escuelas se llenan de juegos, convivios y diversión para sus jóvenes estudiantes. Son experiencias que los más pequeños de la casa atesoran y que tienen un impacto positivo en su vida temprana, moldeando su forma de pensar, sentir y actuar, algo que es sumamente trascendental para los años formativos y los subsecuentes.

Sin embargo, no todas las infancias en el país tienen la fortuna de celebrar este día, o al menos, no de la forma en que se espera que lo hagan. Lo anterior es una realidad en el país y obedece a diferentes razones. Una de ellas es la disparidad económica que obliga a las familias a apoyarse también en los niños para llevar un sustento a casa, situación que es delicada por muchas razones.

La primera es el trabajo infantil. De acuerdo con la ACNUR, es aquella actividad que priva a los niños de su infancia, potencial y dignidad, marcando daños en su desarrollo físico y psicológico. En nuestro país y en todo el globo podemos observar en muchas ocasiones cómo los infantes son empleados para laborar en condiciones precarias y difíciles, teniendo repercusiones en su vida. Pero lamentablemente no es el único problema que enfrentan.

Otro es el peligro en el trabajo. En ocasiones, los infantes son empleados para realizar tareas complicadas y que ponen en riesgo su integridad, ya sea por el tipo de actividad, como por la larga exposición que tienen en sus labores. Además, un tercer punto que se relaciona con los dos anteriores y que en ocasiones se presenta, es la necesidad de migrar. A raíz de sus condiciones, las niñas y niños migrantes son más vulnerables al ser individuos en muchos casos imposibilitados de tomar decisiones.

Finalmente, estos problemas desembocan en otro: la educación. Privar a las infancias de recibir educación es problemático por múltiples cuestiones. Una es por el hecho de impedir que se goce de un derecho humano. Una segunda es limitar el desarrollo que tendría ese niño o niña, que no sólo se centra en el conocimiento y las habilidades que se pueden generar, sino que deriva en la falta de protecciones. Y, por último, tiene un impacto en la sociedad, puesto que se reduce el número de personas que en ella se forman.

Todo lo anterior evidencia que los niños ni siquiera gozan de protecciones, a veces, básicas para su desarrollo íntegro. Esto es un punto medular, ya que la carencia en su acceso a servicios sanitarios, limitaciones económicas severas, daño a sus derechos humanos, etc., muestran vulnerabilidades que pueden dar cuenta del incumplimiento de la seguridad humana. Valdría mucho la pena cuestionarnos: ¿Qué se ha hecho para que las y los niños de México tengan mejores condiciones para su desarrollo pleno, íntegro y sin necesidades?

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