Hay una parte de la formación artística de la que pocas veces se habla en las aulas: aprender a encontrar un lugar para mostrar lo que se ha aprendido.
Porque una cosa es estudiar música, dominar un instrumento, ensayar durante horas y construir un repertorio; y otra, muy distinta, conseguir un escenario, un público a través de una buena difusión para que el espectáculo a mostrar pueda ser escuchado de la manera en que uno la tiene proyectada.
En ese punto se encuentran hoy dos jóvenes estudiantes de la Licenciatura en Composición Musical: Juan Pablo Pedraza y Carlos Ezequiel Romero. Uno desde el piano; el otro desde el canto, como integrante del Coro Universitario bajo la dirección de Sebastián Vázquez. Lo interesante de su encuentro no es solamente la música que están construyendo juntos, sino la manera en que dos estudiantes de un mismo campo pueden reconocer el talento del otro y entender que compartir un espacio no significa competir, sino crecer de manera simultánea.
Juan Pablo Pedraza y Carlos Ezequiel Romero están intentando abrirse camino desde lo que tienen ahora como estudiantes del séptimo semestre en composición musical a través de la formación, disciplina, talento y ganas de presentarse. Pero sería injusto pedirles que hagan solos todo lo que corresponde también a una comunidad cultural.
Afortunada o desafortunadamente los espacios para presentar trabajo artístico están saturados. Algunos recintos fuera de la universidad implican costos que los estudiantes todavía no pueden asumir. Y ahí aparece una pregunta que debería incomodarnos un poco como comunidad cultural: ¿de qué sirve formar artistas si después no existen suficientes espacios para que puedan mostrar lo que hacen?
La UAQ cuenta con algunos recintos y respalda a sus estudiantes hasta donde le es posible. Pero la corresponsabilidad para que siga siendo una ciudad que aspira a tener una vida cultural sólida no debería terminar en las puertas de una institución educativa, sino que deberían existir mayores espacios de puertas abiertas para que no se les dificulte tanto a los jóvenes artistas a poder expresar su trabajo.
Al momento estos jóvenes, han llevado su trabajo a escenarios como la UNAM, el Centro Cultural de Artes de la UAQ, el Auditorio Felipe de las Casas de la Facultad de Artes y la Fundación Cultural Aldhebarán, sin embargo, no solamente tienen que responder musicalmente: deben aprender varias cosas que en la escuela no se enseña, hasta un detalle aparentemente menor, como un cartel poco atractivo o una mala estrategia de difusión, puede modificar la asistencia, hasta la cuestión del clima. Parece anecdótico, pero no es así. El problema es que a un estudiante que pasa horas ensayando no siempre le sobra tiempo para convertirse en su propio agente de prensa.
Ahí existe otra área de oportunidad: enseñar a los jóvenes artistas no solamente a crear, sino también a gestionar su carrera. Que conozcan becas, convocatorias, residencias, circuitos de circulación y posibilidades de financiamiento. Que sepan a quién acudir, cómo presentar un proyecto y cómo conseguir que su trabajo salga de los espacios universitarios.
También hacen falta lugares para ensayar. Porque incluso cuando existe el respaldo institucional para presentarse, la creación necesita tiempo y espacio antes de llegar al escenario. Y finalmente, hace falta aprender a hablar en público.
Juan Pablo lo explica de una manera sencilla: puede haber una sola persona en la sala y aun así el concierto merece ser ofrecido con la misma energía. El número de espectadores no modifica el trabajo que existe detrás de cada pieza.
Claro que un auditorio lleno produce otra sensación. Pero un concierto íntimo también puede convertirse en una experiencia memorable. La cuestión, dice, es encontrar al público correcto.
Por otra parte, y hablando sobre su trabajo podemos decir que la ventaja del repertorio de estos jóvenes, es que están trabajando para no encerrarse en un solo género, ellos están aprendiendo a transitar por distintos géneros musicales, así como componer su propia música.
Y es precisamente ahí donde estos estudiantes nos ofrecen una lección que va más allá de la música: el arte necesita e mayor colaboración para que cada vez más gente se sienta cercana a la cultura y las artes.
























