La imagen de México como destino turístico, histórico, vibrante, y cultural, ha recibido un golpe difícil de ignorar. El pasado 20 de abril, la zona arqueológica de Teotihuacán, que recibe millones de visitantes al año, presenció a un hombre armado que abrió fuego desde la Pirámide de la Luna. El saldo: una turista canadiense asesinada, al menos 13 personas heridas, incluyendo menores, y una imagen que rompió con la narrativa de seguridad en espacios emblemáticos.

No fue un acto improvisado. El agresor había planeado el ataque durante semanas, inspirado en tragedias internacionales como la masacre de Columbine. La carga simbólica, la fecha, el lugar, el perfil del atacante, lo convierte en algo más que un “hecho aislado”: es un recordatorio de que la violencia global también puede infiltrarse en los espacios que creemos protegidos. Y sería ingenuo pensar que este es el primer episodio de violencia en zonas turísticas de México. Está el caso de Playa del Carmen, donde en enero de 2017 un tiroteo en el festival BPM dejó al menos cinco muertos y 15 heridos, muchos de ellos extranjeros. O el ataque en un bar de Cancún ese mismo año, en plena zona hotelera, que evidenció que ni los destinos más internacionales estaban exentos del alcance del crimen organizado. En 2021, Tulum volvió a ser noticia mundial cuando un enfrentamiento armado en un restaurante dejó dos turistas extranjeras muertas, atrapadas en una disputa entre grupos criminales. Guadalajara y Acapulco han registrado episodios de alto impacto en zonas frecuentadas por visitantes, recordándonos que el turismo y la inseguridad, aunque incómodos, coexisten.

Hemos sido testigos de atentados en destinos que parecían intocables. En 2015, ataques coordinados en París dejaron 130 muertos, incluyendo visitantes. En 2016, un camión embistió a una multitud en Niza durante el Día de la Bastilla, matando a 86 personas. En 2019, los atentados en hoteles y templos de Sri Lanka dejaron más de 250 muertos, muchos de ellos turistas. Y en 2023, un ataque en Times Square reavivó el debate sobre la seguridad en espacios icónicos. La constante es clara: ningún destino, por más emblemático que sea, está completamente blindado. La diferencia está en cómo se responde. En el caso de Teotihuacán, el gobierno mexicano desplegó fuerzas de seguridad, instaló filtros y reforzó la vigilancia en sitios turísticos ante la cercanía del Mundial 2026. Pero no me dejarán mentir queridos lectores que la pregunta de fondo no es cuántos elementos se colocan después de una tragedia, sino cuántas señales se ignoraron antes. Porque el turismo no solo se sostiene en la belleza de los destinos, sino en la confianza.

La reflexión es inevitable: la violencia ya no distingue entre territorios “seguros” o “peligrosos”; se mueve con la misma velocidad que la información. Lo ocurrido en Teotihuacán no es un hecho aislado, es una alerta, y no solo para México. Cerrar los ojos ante esto sería el verdadero riesgo. El turismo no puede blindarse con discursos.

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