Hay una teoría que el Mundial confirma una y otra vez: cuando las personas viajan, no sólo cambian de país; también cambian de personalidad. Los mundiales no sólo enfrentan selecciones; también enfrentan costumbres. Cada aficionado que llega a México trae una maleta llena de reglas invisibles sobre cómo comportarse en público. Y muchas de esas reglas terminan abandonadas en cuanto empiezan la fiesta, los cantos y la convivencia con los mexicanos. Basta caminar por las calles de las ciudades sede para comprobarlo. Aficionados que en sus países probablemente serían reservados, cuidadosos o incluso tímidos, aquí aparecen bailando con desconocidos, abrazando a personas que acaban de conocer participando en fiestas improvisadas que duran horas. Y es que México tiene un efecto particular sobre los visitantes. No porque transforme mágicamente a la gente, sino porque les da permiso de comportarse de una manera distinta. La calidez de los mexicanos, la facilidad para iniciar una conversación y esa costumbre nacional de convertir cualquier reunión en celebración terminan derribando barreras culturales que parecían inamovibles. Por eso no sorprende ver a aficionados surcoreanos integrados a grupos de mexicanos, aprendiendo cánticos, aceptando bromas y participando en dinámicas que difícilmente protagonizarían en Seúl. Tampoco sorprende encontrar a europeos bailando música regional mexicana o cantando junto a personas con las que no comparten idioma, pero sí una pasión común por el futbol.

Lo interesante es que el choque cultural no siempre significa conflicto. A veces significa descubrimiento. Muchos extranjeros llegan a México con ideas preconcebidas. Algunos esperan encontrar únicamente mariachis, sombreros y tequila. Otros vienen con preocupaciones relacionadas con la seguridad. Sin embargo, la experiencia cotidiana suele mostrarles algo diferente: ciudades modernas, gastronomía extraordinaria, una vida pública vibrante y una sociedad que, pese a sus problemas, mantiene una capacidad única para recibir al visitante. También hay cosas que para nosotros son normales y para ellos resultan sorprendentes. La facilidad con la que un mexicano entabla conversación con un desconocido. Las reuniones familiares multitudinarias. Los vendedores ambulantes en cada esquina. La música que aparece sin invitación. Los tacos a medianoche. La costumbre de celebrar incluso antes de que empiece el partido. Quizá por eso los mejores momentos del Mundial no ocurren dentro de los estadios.

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