Por años hemos escuchado la misma promesa: el Mundial 2026 sería el evento que transformaría al turismo mexicano. Se habla de hoteles abarrotados, restaurantes sin mesas disponibles, vuelos agotados y millones de visitantes recorriendo el país. Hoy, con el balón ya en movimiento y los ojos del mundo puestos sobre México, vale la pena preguntarnos si la realidad está cumpliendo con aquellas expectativas. La respuesta por ahora es incierta, porque no esta funcionando en la magnitud que muchos imaginaron. Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, viven días de gran actividad. Hay aficionados en las calles, las zonas turísticas lucen más animadas y la derrama económica comienza a sentirse. Sin embargo, los hoteles no están completamente llenos y algunos empresarios del sector reconocen que las reservas no alcanzaron los niveles extraordinarios que se proyectaban hace apenas unos meses. El Mundial llegó, pero el lleno total que muchos daban por hecho no ha ocurrido. Esto no significa un fracaso; simplemente demuestra que el turista de 2026 es distinto al de otros mundiales. Hoy muchos prefieren hospedajes alternativos, viajes cortos o incluso desplazarse entre ciudades para asistir únicamente a determinados partidos. También hay que reconocer una realidad incómoda: México sigue luchando contra su propia reputación. Mientras nosotros hablamos de gastronomía, cultura, historia y hospitalidad, en buena parte del extranjero las noticias sobre nuestro país suelen estar relacionadas con violencia, inseguridad o problemas de infraestructura. No es casualidad que algunos aficionados hayan decidido quedarse en Estados Unidos o Canadá y viajar únicamente el día de la justa deportiva.
Lo interesante es que, a pesar de ello, millones de personas continúan considerando a México como una parada obligada del Mundial. Eso habla de la enorme fortaleza turística que tiene nuestro país. Ningún estadio puede competir con la experiencia de recorrer el Centro Histórico de la Ciudad de México, degustar la gastronomía de Guadalajara o descubrir la vida nocturna de Monterrey. Y mucho menos con la posibilidad de extender el viaje hacia playas, pueblos mágicos o ciudades coloniales. Ahí es donde aparece una oportunidad poco mencionada: los destinos que no son sede. Querétaro es uno de ellos. Muchos aficionados buscarán experiencias fuera de las sedes oficiales, y ahí estados como Querétaro podrían ganar un partido que no se juega dentro de una cancha. El verdadero éxito turístico del Mundial no se medirá por la cantidad de personas que llegaron durante la inauguración ni por la ocupación hotelera de una semana. Se medirá dentro de unos años, cuando sepamos cuántos de esos visitantes decidieron regresar con sus familias, recomendar México a sus amigos o invertir en nuevas experiencias dentro del país. Esa es la diferencia entre un evento pasajero y un legado turístico.
Queridos lectores, el Mundial apenas comienza. Todavía faltan millones de visitantes por llegar. Pero más allá de los goles, México enfrenta un reto enorme: demostrar que es mucho más grande que los problemas que suelen aparecer en los titulares internacionales. Porque cuando termine el torneo y las selecciones regresen a casa, lo que quedará no será el marcador final. Lo que quedará será la imagen que el mundo se lleve de nosotros. Y esa, para bien o para mal, es la verdadera copa que México necesita ganar.
Periodista y conductora
Premio Internacional de Periodismo Turístico 2022
Otorgado por la OMPT
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