Los datos más recientes del INEGI muestran una constante desaceleración en el sector manufacturero. En julio, el Indicador de Pedidos Manufactureros se ubicó en 50 puntos, prácticamente en el límite entre expansión y contracción. Los pedidos cayeron hasta 47.9 puntos, mientras la producción esperada subió a 52.5. Pero lo más revelador fue el componente de personal ocupado, que se mantuvo en 49.3 puntos y acumula nueve meses por debajo del umbral de 50.
Justo esta semana, el Financial Times describió a México como un inesperado protagonista del auge de la inteligencia artificial en Estados Unidos. Las empresas taiwanesas están ampliando en nuestro país su producción de servidores destinados a los centros de datos estadounidenses. Este año México representa alrededor de 40% de las importaciones estadounidenses de estos equipos y, entre enero y mayo, las exportaciones de servidores y hardware alcanzaron 46.9 mil millones de dólares.
Los automóviles habían sido durante décadas el centro de la manufactura mexicana. Ahora tienen un nuevo competidor, millones de componentes electrónicos que cruzan la frontera para alimentar los modelos de inteligencia artificial.
Es una buena noticia. Pero vale la pena analizar desde distintas aristas, si bien México está participando en una de las transformaciones industriales más importantes del siglo, lo hace principalmente desde el ensamblaje. La gran parte de los componentes todavía llegan de Asia y el contenido mexicano de los servidores permanece muy por debajo del que existe en la industria automotriz.
Recordemos que una economía puede exportar más sin que eso signifique mantener parte de la riqueza que genera. Estamos ensamblando sin tener mayor participación en el desarrollo de los semiconductores, el software, los sistemas de enfriamiento ni en los componentes electrónicos, que son los que concentran la mayor parte del valor.
Y si volvemos a los datos del INEGI, el aumento en la producción mientras el empleo disminuye, puede reflejar una industria más productiva y automatizada, pero también una industria cautelosa, que ante la incertidumbre prefiere producir más con su capacidad instalada antes que comprometerse con nuevas contrataciones.
México corre el riesgo de convertirse en una gran plataforma de ensamblaje precarizada para la economía de la IA mientras otros países se quedan con el valor de la investigación, el diseño y la propiedad intelectual.
El desafío para la política industrial mexicana ya no debería medirse únicamente por cuántas fábricas están llegando, sino por qué estamos haciendo para que la próxima generación de plantas necesite más ingenieros mexicanos, más proveedores nacionales, más investigación, más patentes y más tecnología desarrollada en nuestro país.
La verdadera oportunidad no está solamente en ensamblar los servidores que hacen posible la inteligencia artificial, sino en construir las capacidades para que algún día México también pueda diseñar lo que sucede dentro de ellos.
Rubén Galicia
























