La segunda vuelta peruana aún no tiene ganador, pero ya tiene diagnóstico. El centro político en Perú no desapareció en esta elección. Llevaba años sin existir.
Keiko Fujimori y Roberto Sánchez llegaron al balotaje del 7 de junio con poco más del 50% entre los dos en primera vuelta. El resto se dispersó entre más de cuarenta partidos. Cuando un sistema necesita cuarenta opciones para representar a su ciudadanía, lo que en realidad revela es que no representa a nadie con consistencia.
El fenómeno no es nuevo en Perú, pero esta vez la geometría es más nítida. Fujimori representa una derecha moldeada por tres décadas de procesos judiciales. Cada acusación contra ella o contra su padre fue reencuadrada como persecución política, y esa narrativa consolidó una base leal que se moviliza cuando el sistema la agrede, no a pesar de ello. Eso la distingue tanto de la derecha liberal de los noventa como de la tecnocracia de los dos mil. Por su parte, Sánchez llegó desde una izquierda sin estructura partidaria sólida, impulsada más por el rechazo al fujimorismo que por un programa propio. Ninguno ocupa el centro porque el centro ya no existe como espacio electoral viable.
¿Por qué desaparece el centro? La polarización es el síntoma visible, pero la causa opera antes. El centro requiere una ciudadanía dispuesta a procesar información compleja, evaluar costos y tolerar la ambigüedad. Cuando la economía fractura la movilidad social, las instituciones acumulan escándalos sin consecuencias y la información circula en burbujas que refuerzan certezas, el elector que pondera opciones se vuelve una figura escasa. Lo que queda son identidades en conflicto que ya no procesan la diferencia como opción electoral sino como amenaza.
Perú lo ilustra con nitidez, pero no es el caso aislado que algunos quieren ver. La fragmentación seguida de polarización extrema es el patrón que han repetido sistemas tan distintos como el francés, el israelí, el brasileño y, con sus propias particularidades, el mexicano. En todos ellos el centro electoral se erosionó antes de que la polarización se volviera visible. Primero se vaciaron los partidos de centro, luego se radicalizaron los extremos, luego llegaron los balotajes imposibles donde el voto útil desplaza al voto por convicción.
Una diferencia de menos de 23,000 votos sobre 27 millones emitidos (cifra al momento de escribir estas líneas) no produce un ganador con mandato real. Quien llegue a Palacio de Gobierno lo hará cuestionado por la mitad del electorado, sin coalición que lo sostenga, en un sistema donde las instituciones acumulan más déficit de legitimidad que capacidad de respuesta. La toma de posesión será también el inicio del siguiente ciclo de crisis. Lo que está en juego trasciende la presidencia peruana; es la capacidad de los sistemas electorales para producir resultados que su propia ciudadanía reconozca como legítimos.
X: @maeggleton
























