En la elección presidencial de Brasil las encuestas de la última semana coinciden en una cosa: Luiz Inácio Lula da Silva llega al 4 de octubre con ventaja o empate en primera vuelta, pero esa diferencia se reduce o desaparece frente a Flávio Bolsonaro en un eventual balotaje. AtlasIntel lo ubica 45.3% contra 42.2% y, en segunda vuelta, 47.6% contra 47.7%. Datafolha registra 40% contra 36%, pero 47% contra 45% en balotaje. Quaest marca 39% contra 34% y empate en 42%.
La distancia se acorta porque la segunda vuelta obliga a una decisión binaria y, en ese escenario, el rechazo puede pesar tanto como la preferencia. El último Datafolha registra 45% de rechazo para Lula y 45% para Flávio. El orden cambia según la encuestadora, sin embargo, ambos se acercan a un techo de rechazo de la mitad del electorado.
La desaprobación del gobierno tampoco se traduce automáticamente en voto opositor. Las mediciones muestran una evaluación dividida de Lula y, aun así, Flávio no logra abrir una ventaja clara en segunda vuelta. Una parte de quienes desaprueban al presidente parece tampoco estar dispuesta a votar por su rival.
El patrón tiene antecedentes bien documentados. David Samuels y Cesar Zucco muestran en Partisans, Antipartisans, and Nonpartisans (2018) que el voto brasileño se ha ordenado durante décadas alrededor de la frontera entre petistas y antipetistas. Alan Abramowitz y Steven Webster describieron para Estados Unidos un mecanismo semejante, el partidismo negativo, en el que la identidad política se construye también por oposición al adversario.
La competitividad de Flávio Bolsonaro sugiere que aquella frontera sigue pasando, al menos parcialmente, por la relación con el PT. Su padre fue condenado a 27 años y tres meses de prisión por la trama golpista posterior a la derrota de 2022, está inhabilitado hasta 2030 y cumple la pena en prisión domiciliaria. El PL postuló a Flávio con el respaldo de Jair Bolsonaro, y el senador prometió indultarlo si gana.
Una diferencia semejante ya apareció en 2022. Lula terminó la primera vuelta con 48.4% frente a 43.2% de Jair Bolsonaro, pero la brecha se redujo en el balotaje. Hoy queda además poco electorado abiertamente indeciso, mientras los votos de quienes apoyan a candidatos menores serán decisivos si hay segunda vuelta.
El 4 de octubre sabremos cuántos votos recibió cada candidato, pero no cuántos fueron adhesiones y cuántos votos contra el adversario. Esa diferencia importa para quien gobierne después, con una Cámara de 513 diputados y 54 de los 81 escaños del Senado que también se renuevan en la misma jornada.
Si el próximo presidente llega al poder sostenido tanto por adhesiones propias como por el rechazo al adversario, tendrá que convertir una mayoría electoral negativa en capacidad de gobierno. En una elección tan polarizada, ganar puede depender de concentrar rechazos pero gobernar exigirá construir apoyos.
X: @maeggleton























