Hay mujeres que envejecen antes de tiempo.

No porque los años pasen más rápido para ellas, sino porque la vida les cae encima demasiado pronto. Mujeres que aprendieron a sobrevivir antes siquiera de entenderse a sí mismas. Mujeres que dejaron pedazos enteros de juventud en cocinas, camiones, mercados, hospitales, escuelas y trabajos donde nadie les preguntó si estaban cansadas.

Pienso en mi madre.

E inevitablemente pienso también en mí.

Durante mucho tiempo vi a mi mamá levantarse aun cuando estaba rota. Recuerdo sus silencios más que sus quejas. Recuerdo el sonido de las ollas temprano, las preocupaciones escondidas detrás del cansancio, salir apresurada al paso de un trabajo de todo el día, de sus zapatos de tacón que debía tolerar yendo y viniendo en las plataformas del Aeropuerto, de lo hinchados sus pies cuando llegaba y que recibimos con sus sandalias al llegar, como un poco de conciencia de apreciar todo lo mucho que hacíamos, el peso invisible de sostener una casa mientras el mundo parecía exigirle todavía más. De lidiar con una pena profunda de haber sido abandonada por el único hombre que amó desde su adolescencia, la cual dejó sin chistar por una mujer de 18, de sollozar en silencio tapada con su edredón cuando dormíamos… Había días en que no alcanzaba el dinero, otros en que no alcanzaba el tiempo, y muchos en los que simplemente no alcanzaba ella.

Pero aun así seguía.

Las madres solteras desarrollan una fuerza extraña. Una fuerza que no nace del empoderamiento romántico que muestran las redes sociales, sino de la necesidad. Porque alguien tiene que resolver. Porque alguien tiene que trabajar enferma. Porque alguien tiene que hacer rendir el dinero, cargar el gas, ir a juntas escolares, cuidar hijos con fiebre y después llorar encerrada en el baño para que nadie la vea romperse.

Y aun así, la sociedad suele mirar a estas mujeres desde el juicio.

Todavía existe una especie de estigma silencioso alrededor de la madre soltera. Como si el abandono masculino disminuyera automáticamente el valor de la mujer que se quedó sosteniendo todo. A ellas les llaman “fracasadas”, “complicadas”, “mamás luchonas” en tono burlón. Como si criar sola fuera motivo de vergüenza y no una de las tareas más brutales emocionalmente que puede vivir una persona.

Lo más doloroso es que muchas veces estas mujeres no solo cargan con sus hijos. También cargan con la culpa. Culpa por trabajar demasiado. Culpa por no estar suficiente tiempo. Culpa por cansarse. Culpa por enojarse. Culpa por sentirse solas.

Y después crecí.

Y entendí que me había convertido un poco en ella.

También yo he trabajado cansada. También yo he sentido el miedo de no saber si todo alcanzará. También yo he tenido que reconstruirme emocionalmente mientras sigo funcionando para otros. Hay días en que una quisiera detenerse, pero las mujeres que sostienen hogares rara vez tienen permiso de detenerse.

Porque el mundo descansa sobre muchas mujeres agotadas.

Y aun así, pocas veces se habla del duelo personal que viven las madres solteras. Muchas dejaron sueños, estudios, proyectos, cuerpos, descanso y hasta identidad en el camino de sobrevivir. Algunas dejaron de verse como mujeres hace años porque se acostumbraron a verse únicamente como responsables de todos.

Y hay otra parte de la que casi nadie habla. Después de años de lucha, de entregarlo todo por los hijos, muchas mujeres terminan convertidas en espectadoras de su propia vida. De pronto ya no son “la mujer”, ni la joven, ni la persona con sueños propios; son únicamente la mamá.

Y mientras los hijos crecen, mientras hacen su vida, mientras el mundo sigue avanzando, muchas de ellas descubren que se quedaron atrás de sí mismas. Sobre todo cuando aún son jóvenes.

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