En una de sus mejores páginas, Pablo Neruda dice: “Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos [...] Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de la tierra, de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma”.
El español tiene un origen mestizo: sus abuelos y choznos fueron el íbero, el celtíbero, el vasco, el árabe (nos dejó más de cuatro mil vocablos, relativos a la agricultura o la ciencia), cientos de raíces germánicas, el habla de los visigodos y los romances vecinos (italiano, francés, portugués). Este maravilloso idioma que hablamos va cambiando, se enriquece, aumenta, adelgaza y se transforma a medida que pasa de un país a otro. En Guatemala, exclaman: ¡cabal!, para subrayar una frase, estar de acuerdo o reafirmar una verdad. En México, se dice: ¡literal!
Los niños y los extranjeros que estudian español tienden a conjugar los verbos como si todos fueran regulares: yo poní, él está morido... Hablan como nuestros niños cuando sus mentes comienzan a usar esquemas verbales.
Por muchos años, fui fiel a los dictados de la Real Academia Española. Tenía que hacerlo: corregía libros y los trabajos de mis alumnos. Ahora, veo con emoción los cambios, me gusta la forma en que nuevas palabras se abren paso, desafiando las reglas. Cada vez más, la gente dice: “Habemos muchas personas”, rompiendo así la camisa de fuerza que ata al verbo haber, que no tiene plural.
Alma Delia Murillo, que ha estudiado el idioma a fondo, alcanzó un gran éxito con su libro La cabeza de mi padre, un texto que combina la escritura del yo con el ensayo literario. En 2025, publicó Raíz que no desaparece, que gira alrededor del gravísimo, trágico y doloroso tema de los desaparecidos en México. Murillo, quien estudió Literatura, afirma: “He sido testiga...” De escucharla siento un escalofrío. Según el mito, la palabra testigo está relacionada con la virilidad. Por tanto, en los juicios de la Antigua Roma solo los varones podían testificar. No hay nada que pruebe esta versión. Quizá la palabra venga de testa, cabeza; significa el que piensa. Las mujeres de hoy, que son abogadas y juezas, también son testigas. Fin del asunto.
Cada año, los académicos de la RAE aceptan palabras en el diccionario. Entre las nuevas, incorporadas en diciembre de 2025: streaming, hashtag, gif, mailing, milenial, crudivorismo. Lo único permanente es el cambio.
Hay quienes se aferran a lo establecido, les da seguridad. Dice Irene Vallejo: “Somos seres sedientos de palabras. De las palabras que alivian, que extinguen el miedo, que calman. En todas las épocas hemos buscado en ellas la curación de nuestras turbulencias anímicas”. Si a ti no te gustan los cambios, puedes quedarte en tu época. Tus frases te delatarán ante los otros, que podrán adivinar tu pensamiento al escuchar tus verbos y sustantivos.























