El ciclo escolar ha concluido y más de 28 millones de alumnas y alumnos de educación básica salen de vacaciones en todo el país. En Querétaro, al menos 350 de ellos dejarán las aulas por varias semanas. Si bien, para la infancia el receso significa descanso, juego y convivencia. Para miles de hogares abre una pregunta urgente: ¿quién cuida mientras las madres y los padres trabajan?
En este contexto resalta la importancia y necesidad de conformar un verdadero y eficiente Sistema Nacional de Cuidados, una política pública que sea diseñada para garantizar el derecho a ser cuidado, a cuidar y a ejercer el autocuidado de manera responsable y adecuada.
En México, por tradición o inercia, el cuidado sigue cargándose en las mujeres. Madres, abuelas, tías y hermanas reorganizan jornadas, piden permisos, aceptan empleos informales, reducen ingresos o renuncian a oportunidades laborales para cubrir una necesidad que debería asumirse con responsabilidad social. De acuerdo con el INEGI, en 2022, más de 31 millones de personas brindaron cuidados y el 75% de ellas fueron mujeres. En el caso de niñas y niños, la madre aparece como figura central del cuidado, lo que confirma que la organización familiar todavía descansa en una desigualdad profunda. Esta carga no solo cansa: empobrece y excluye. Limita el acceso de las mujeres al empleo formal, reduce su tiempo de estudio, descanso, salud, participación comunitaria y desarrollo profesional. Ello es normalizar una desigualdad injustificada.
Muchas mujeres trabajan fuera de casa y, al volver, continúan con tareas domésticas, acompañamiento escolar, preparación de alimentos y supervisión constante. El costo también se expresa en culpa, estrés y menor autonomía económica. El cuidado de niñas y niños no es una tarea menor ni espontánea: implica alimentar, acompañar, vigilar, trasladar, entretener, contener emociones, atender enfermedades, resolver conflictos y garantizar seguridad.
Durante las vacaciones, esa demanda crece porque se interrumpe la rutina escolar que, aunque insuficiente, funciona como soporte cotidiano para millones de familias. Cuando no existen escuelas de tiempo completo, estancias infantiles, servicios comunitarios, centros de verano accesibles o alternativas públicas durante recesos, el problema se resuelve dentro de casa y, por mandato cultural, recae en las jefas de familia y, en algunos casos, hasta en los abuelos.
Por eso, hablar de vacaciones escolares también debe ser hablar de derechos, de corresponsabilidad y de política pública. Ahí es donde la falta de un Sistema Nacional de Cuidados se hace patente. Una tarea pendiente en México que ayudaría a profesionalizar a quienes cuidan, ampliar licencias parentales, fortalecer estancias infantiles, recuperar modelos de jornada ampliada, flexibilizar horarios laborales, crear infraestructura comunitaria y distribuir responsabilidades entre Estado, mercado, comunidad y familias. No se trata de sustituir el afecto familiar ni de desvalorizar los vínculos, sino de dejar de exigir que las mujeres asuman solas una responsabilidad que debe ser compartida.
Hoy, esta labor representa para miles de familias mayores gastos, esfuerzos y compromisos. Obliga a financiar servicios externos, buscar cursos de verano de alto costo o improvisar redes de apoyo para resolver una necesidad cotidiana. Mientras cada receso escolar se convierta en una carga doméstica resuelta puertas adentro, la estabilidad económica y emocional de los hogares seguirá siendo frágil e incompleta.
Cuidar a la niñez es indispensable; hacerlo sin justicia y eficiencia es una deuda pública que no debe esperar.























