Terminó Semana Santa y con ello nos viene el recuerdo de aquellos “sábados de gloria” en que niñas y niños se congregaban en las calles para darse un “chapuzón”, hacer bombas o jugar con pistolas de agua. Eran tiempos en que salir a la calle era seguro o, menos peligroso (como lo quiera ver), pero también en que el vital líquido estaba a mayor disposición.

Hoy eso quedó atrás. La escasez de agua en el mundo es  grave y apremiante. Los índices de estrés hídrico en varios países están alcanzando niveles preocupantes. Frente a ello, el crecimiento poblacional, la extensión de la mancha urbana, la exigencia (justificada) de servicios de calidad y el aumento en la contaminación, han puesto a México y al mundo en una situación de emergencia.

Justamente, hace dos semanas, específicamente el 22 de marzo, se conmemoró el día mundial del agua y, además de la preocupación por los problemas que estamos padeciendo ante la carencia del vital líquido, lo que brilló por su ausencia fue la falta de políticas públicas que proporcionen soluciones reales, factibles y posibles al gran problema de sequía y falta de agua potable.

La escasez del agua y sus consecuencias ambientales, económicas y sociales ya nos alcanzaron. Lo estamos viendo en otras entidades, como Nuevo León, que enfrenta una de las crisis hídricas más graves de su historia y que, al parecer, no hay una estrategia a corto o mediano plazo que pueda hacer frente a la situación.

Frente a ello, cabe preguntarnos: ¿Cómo vamos con la Agenda 2030 sobre este tema? Pues uno de sus objetivos del desarrollo sostenible es “Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos”

La realidad es que en este tema las autoridades están rebasadas. Hasta el momento no existe una estrategia o política pública integral, de alcance nacional o internacional, que dé atención real y efectiva a la carestía del agua.

Casi todo se está centrando en campañas de concientización a la población que, si bien son positivas, resultan insuficientes ante los retos de crecimiento poblacional que estamos enfrentando. De igual manera, no hay opciones ecológicas viables en el campo del reúso o el tratamiento del agua. Las autoridades han optado por imponer obligaciones a desarrolladores en esos ámbitos, pero han descuidado su vigilancia y exigibilidad, así como el adoptar medidas que incentiven la conversión paulatina de asentamientos humanos preexistentes.

Pero lo más preocupante es que, en torno a la escasez y su posible aumento de valor, la sociedad se está inclinando a la comercialización del agua, tanto en el ámbito privado como en el público, dejando de lado su carácter humano como elemento indispensable para la salud y la vida. Ello generará graves problemas de desigualdad y desnutrición, impactando a los sectores más vulnerables.

Frente a todo esto, debemos pensar en resolver el problema a mediano y largo plazo. Ya no es suficiente con traer el agua de otras partes del globo. Es necesario implementar acciones que permitan reutilizar el vital líquido y distribuirlo de forma justa y equitativa. Es tiempo de que los gobiernos vean soluciones de largo alcance y establezcan estrategias óptimas para hacer frente a la crisis hídrica que cada vez amenaza más a la población y a quienes menos recursos tienen.

En este contexto, así como los “sábados de gloria” han quedado en el pasado, es nuestro deber prever los necesario para que el acceso al agua, en situación de igualdad y sostenibilidad, no quede también en el anecdotario para las futuras generaciones.

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