Terminaba el mes de mayo y apenas habían trascurrido dos semanas desde el último partido del máximo circuito en Querétaro, una derrota de 2-1 ante Puebla que sólo confirmó la pérdida de la categoría, prácticamente sentenciada una semana antes, cuando se hizo oficial el traslado a esta plaza de la franquicia de Chiapas.

Por peculiaridades del futbol mexicano, Jaguares se mudó a Querétaro y más tarde, Chiapas recuperaba su lugar adquiriendo al San Luis, por lo que el acérrimo rival de los albiazules fue el equipo “descendido”, pues a aquella ciudad se trasladaron los antiguos Tiburones Rojos del Veracruz.

De tal forma se desarrollaron las cosas, que el grupo empresarial encabezado por Amado Yáñez, en poco tiempo se hizo de franquicias en las dos principales divisiones del balompié nacional, ya que poco antes había comprado a Toros Neza para convertirlos en los Delfines del Carmen.

Fue quizá el receso veraniego más movido en la historia de Querétaro, pues en pocos días el cuerpo técnico encabezado por Ignacio Ambriz tuvo que hacer una fusión entre Gallos y Jaguares, lo que popularizó durante algún tiempo el término “Jaguallos”.

Pero los nuevos Gallos terminaron sin quedarse con el elemento que más interesaba del plantel chiapaneco, Luis Gabriel Rey, quien a minutos de cerrar el régimen de transferencias recibió una mejor oferta y terminó enfundándose la playera del América.

Además, luego de hacer prácticamente toda la pretemporada con el equipo, Marcelo Rodríguez se marchó repentinamente del equipo para enrolarse en el Peñarol de su país.

Querétaro usó entonces su último cupo de extranjero con un emergente, Leandro Gracián, quien además de reportar varias semanas después que el resto de sus compañeros, al poco tiempo sufrió una lesión que lo dejó fuera de acción casi todo el torneo.

Aun así, Ambriz y compañía armaron un cuadro un poco más competitivo que el del semestre anterior, sobre todo por la incorporación de hombres de experiencia como Luis Pérez y Esteban Paredes.

La adaptación no fue sencilla y con un calendario que encaró a Gallos en las primeras fechas con varios equipos que venían de disputar la Liguilla previa, el “profe Nacho” estuvo en la cuerda floja tras ganar sumar solo seis unidades en sus primeros seis partidos.

La relación del equipo con buena parte de la afición tampoco era la mejor, pues mientras algunos se manifestaban (y lo siguen haciendo) contra el cambio de color en el escudo del club, otros no estaban nada contentos con las actuaciones de Edgar Hernández en la portería y pedían a gritos a Liborio Sánchez.

Y cuando parecía que finalmente Sánchez Ledezma recibiría su oportunidad en la liga, en los primeros días de agosto se vio inmiscuido en un altercado a su salida de un restaurante, lo que terminó por fracturar su no muy sólida relación con el director técnico.

Pero entonces la historia dio un giro a favor que rompió la marca de la plaza al conseguir cuatro triunfos en fila (ante Chivas, Cruz Azul, Puebla y Atlante), lo que lo llegó a ubicar entre los mejores cuatro.

Fue Toluca el encargado de volver a la realidad a los emplumados, al propinarles una goleada de 4-0 en la jornada 11; esa sería la primera de tres derrotas que sufriría el equipo en sus últimos siete partidos, pero dos triunfos, dos empates y el mal paso de otros, fueron suficientes para que Querétaro volviera a hacer historia y alcanzara la segunda Liguilla de sus historia.

Una afortunada definición de Wilberto Cosme en los últimos segundos en la última jornada ante Pachuca fue la clave del éxito.

En su participación en la Copa MX, junto a Pumas, San Luis y UdeG, Gallos ocupaba la primera posición, que aseguraba el pase a cuartos, durante las primeras cinco jornadas, pero un descalabro en la sexta en su visita a CU le quitó de las manos ese logro.

Querétaro había cumplido y en la ”Fiesta Grande” poco pudo hacer ante Santos, que venció con un 6-3 global, dejando ver la poca contundencia de quienes a poco aspiraban en una instancia en la que anotar es fundamental.

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