La limitación de sílabas forzadas por la música hace que los compositores, juglares modernos, recurran a toda clase de trucos; en “La calandria”, Manuel Hernández omite la letra final de usted: “yo a usté ni lo conozco ni presa he sido yo”; la “d” agregaría una sílaba y descompondría el ritmo de una canción excelente; además, sigue la tendencia del habla popular, en la que la “d” se omite cuando está al final de una palabra, y se pronuncia como una “t” débil cuando inicia palabra, por lo que los lingüistas creen que en pocos siglos desaparecerá.

En “Tú y las nubes”, José Alfredo Jiménez utiliza un apócope útil para no excederse en el número de sílabas: “yo pa’ riba volteo muy poco, tú pa’ bajo no sabes mirar”, además de un uso coloquial de “nada más”: “nomás porque no me quieres” (en el Diccionario de mexicanismos de la Academia de la Lengua afirman que es un mexicanismo, aunque sólo en España no saben usar esta palabra rica y ambivalente). En “Mi Tenampa”, Jiménez (en voz de Pedro Infante) vuelve a usar el apócope “pa’”: “tú pa’ ser mi consentida necesitas muchas cosas”.

A veces faltan sílabas para que no haya un desequilibrio, y los compositores abusan del “yo”, “tú”, “él”: “yo pa’ riba volteo muy poco…”; me atrevo a pensar que el uso del pronombre en las canciones ha influido para que el habla popular esté lleno de un altísimo número de pronombres innecesarios, necesarios en la música.

No sé qué tanto influya que algunos (Agustín Lara, Gonzalo Curiel, María Grever, y sobre todo Rubén Fuentes y sus letristas Rafael Cárdenas, Alberto Cervantes, Molina Montes, Monís), hayan escrito canciones sin pronombres innecesarios y sean considerados compositores finos, que no requieren trucos para que el número de sílabas sea exacto y no forzado; uno de los autores que surgió en los años sesenta, Armando Manzanero, por lo regular no recurre a apócopes o aféresis, aunque una sinalefa convierta en una metáfora socioeconómica un verso que habla lo mismo de amor por una mujer, o de amor propio: “voy a apagar la luz” que se escucha como “voy a pagar la luz”.

Si la canción es una forma moderna de la poesía juglaresca, hay algunas que fuerzan al cantante a una interpretación magistral y a un uso de la voz sin excesos pero con valores sobrenaturales, como “Nocturnal”, de José Sabre Marroquín y José Mojica, que muy pocos han podido cantar sin deformarla. O “Bésame morenita”, del colombiano Álvaro Dalmar, que evade todas las trampas en una canción monosilábica, y pocos la pudieron cantar.

Uno de los mejores músicos mexicanos, Rubén Fuentes, enriqueció al mariachi, encontró la forma de aprovechar la voz de Pedro Infante y al mismo tiempo, inventó el bolero-ranchero, una de las grandes aportaciones de México, y revitalizó la carrera de una de las grandes rocanroleras, Linda Rondstand, al producirle tres discos con canciones rancheras o sentimentales, y aprovechó su extraordinaria voz de soprano para dar un giro a temas como  “Por un amor”, “Tú, sólo tú”, “Rogaciano el Huapanguero”, “La barca de Guaymas”, y superó cualquiera otra versión, por buena que fuera.

Fuentes escribió algunas de las mejores canciones mexicanas; Infante no sería lo que es de no ser por él; no menosprecio ni a Jiménez, a Tomás Méndez o Cuco Sánchez, pero sus mejores registros se encuentran en canciones de Fuentes: “Que murmuren”, “El papalote”, “Divino tormento”, “La verdolaga” (ejemplo de metáforas sexuales sin caer en la vulgaridad), “Presentimiento”, y seguramente su mejor canción (no la más popular: ésas fueron “Mañana” —Victoria Eugenia— y “Amorcito corazón” —Manuel Esperón—, que evadió la censura): “Qué vulgares somos”, que relata una historia demasiado frecuente: el amor clandestino, sin futuro, pero lleno de presentes que se eternizan. No hay que ser injustos; esa misma historia, contada con una finura inaudita en José Alfredo Jiménez, la canta Infante con maestría y sentimiento: “Los dos perdimos”. Y sin Infante, “La noche y tú”, que cada versión es extraordinaria, sobre todo con Miguel Aceves Mejía.

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