Pregunta Mario Benedetti en uno de sus poemas, qué nos queda a los jóvenes. La pregunta conserva una vigencia un tanto incómoda que, hoy, Día Internacional de la Juventud, vale la pena intentar responder.

¿Qué nos queda a los jóvenes cuando ser joven en México parece convertirse, cada vez más, en una condición de vulnerabilidad?

El homicidio es la principal causa de muerte entre mexicanos de 15 a 44 años. Cuatro de cada diez personas desaparecidas tienen entre 14 y 29 años. A ello se suman el reclutamiento criminal, la trata de personas y las falsas ofertas de empleo que circulan por redes sociales.

Las estadísticas tampoco mejoran cuando revisamos empleo, acceso a vivienda, desigualdad educativa, falta de oportunidades o la salud mental, donde el suicidio se sitúa como la tercera causa de muerte entre niñas y adolescentes de 10 a 14 años.

Frente a esta realidad, ayer el Gobierno federal presentó, su informe de “Atención a las Causas”, con los principales programas dirigidos a este sector como Jóvenes Construyendo el Futuro, con 413 mil jóvenes y Jóvenes Unen al Barrio, con 6,228 jóvenes.

Esfuerzos que, si bien se reconocen, también nos obligan a preguntarnos si son suficientes frente a la magnitud de los retos que enfrentan las juventudes.

El error, me parece, está en tratar a las juventudes únicamente como beneficiarias de políticas públicas, cuando deberíamos ser protagonistas de todas las decisiones que definirán el país y ocupar un lugar central en las estrategias de los gobiernos.

Las juventudes mexicanas necesitamos un futuro en el cual podamos creer, un futuro que nos motive, nos exija y nos comprometa. Para construirlo necesitamos herramientas, oportunidades y condiciones: educación de calidad, empleos dignos, acceso a vivienda, espacios seguros, un sistema nacional de salud mental, movilidad social y la posibilidad de participar en las decisiones que definirán nuestro propio futuro.

Hoy no basta ofrecer programas para jóvenes; necesitamos un país donde ser joven no signifique esperar a que llegue una oportunidad, sino tener las condiciones para crearla. Porque una generación que no encuentra oportunidades termina buscando alternativas, y no siempre las encuentra dentro de la legalidad, la educación o el trabajo honesto.

México no puede permitirse una generación de jóvenes pasivos. El verdadero desafío no es atender a las juventudes, es construir con ellas el futuro del país.

El Estado tiene responsabilidad. También la tienen la sociedad, las universidades, las empresas, las familias y, por supuesto, las propias juventudes.

México tiene hoy una de las mayores generaciones jóvenes de su historia. Puede convertirse en una oportunidad demográfica, económica y social o en una generación marcada por la precariedad, la violencia y la frustración.

La diferencia estará en las decisiones que tomemos hoy y en la visión con la que nuestros gobiernos decidan construir el mañana.

¿Qué nos queda a los jóvenes? Responde Bendetti:

Les queda, sobre todo, hacer futuro.

a pesar de los ruines de pasado

y los sabios granujas del presente.

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